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El sabio-ignorante

sabio-ignoranteLleva unos cuantos días rondándome por la cabeza el sabio-ignorante del que hablaba Ortega y Gasset: «[…] un señor el cual se comportará en todas las cuestiones que ignora, no como un ignorante, sino con toda la petulancia de quien en su cuestión especial es un sabio».

Caen en mis manos dos investigaciones: un estudio de las Universidades de Liverpool y de East London sobre los criterios diagnósticos del DSM-5 y una revisión a la Guía de Práctica Clínica sobre el tratamiento del trastorno por estrés postraumático (TEPT) de la APA (Asociación Americana de Psicología), este realizado por los investigadores Norcross y Wampold y publicado en la Revista Psychotherapy. En ambos casos, se viene a concluir que los enfoques diagnósticos eminentemente biomédicos no son adecuados para su fin, pues olvidan factores claves que afectan a la eficacia del tratamiento: cómo intervenir, la adaptación del tratamiento a las características singulares y “originales” del individuo, el contexto y la relación terapéutica.

O sea, concluyen estos estudios que los referidos enfoques diagnósticos son “sabios” en la teoría, pero “ignorantes” en la práctica terapéutica.

Asisto a un congreso sobre suicidio infantil y juvenil y a un seminario sobre trastornos de la conducta alimentaria. ¿Denominador común?: el enfoque de terapia cognitivo-conductual (TCC) y más concretamente, la llamada tercera generación de la TCC. (Puede ser una debilidad personal pero siempre que oigo hablar de las terapias 3G me viene a la mente la película de Spielberg “Encuentros en la tercera fase”).

En el primer seminario me encontré con la aseveración, de uno de los ponentes, de que “el tratamiento más eficaz para las conductas suicidas es la Terapia Dialéctico Conductual”. En el segundo seminario, se sugería que “para las conductas alimentarias el Tratamiento “Transdiagnóstico” sería el más adecuado”. Ambos tratamientos y sus elaboradas nomenclaturas se encuadran, por supuesto, en el enfoque terapéutico cognitivo conductual. Evidentemente, ¡sólo se presentaron trabajos con un abordaje cognitivo-conductual! “Sabios” en su campo, “ignorantes” en los demás.

Participo en un taller sobre terapia breve orientada al problema (modelo Palo Alto). Desde mi punto de vista, por parte del ponente, ha habido un exceso de defensa del modelo “paloaltiano puro” frente a su evolución. “Sabio” en el pasado, “ignorante” en el presente y, obviamente, una limitación de cara el futuro.

Encuentros e intercambio con otros colegas de profesión. La mayoría sigue el enfoque cognitivo-conductual, nada de extrañar, por otra parte, dado que la TCC es el modelo que impera en nuestras facultades de psicología. Y cómo no, llega el momento en que algunos “sabios” de la TCC comienzan a defender a capa y espada la gran virtud de su modelo: “el único basado en la evidencia científica”. Me pregunto si esto puede corresponder ya a una ignorancia supina. ¿Saben los que afirman tal cosa en qué se basa el método científico? Quizá, una pizca de conocimiento de la epistemología no les vendría mal.

Aprovecho para hacer una referencia a los alumnos del curso de Experto en Psicoterapia Breve Estratégica, organizado por el Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid, de cuyo cuerpo docente formo parte: siempre les recalco que sean curiosos, lean lo más que puedan, se instruyan, e intenten conocer antes que reconocer. En caso contrario podrán terminar su formación, en el mejor de los casos, siendo una especie de “sabio-ignorante” y en el peor de los supuestos, un miembro más de la “masa” terapéutica.

PD: No sé para qué escribo mis reflexiones, si como promulgó Stanislaw Lem, allá por los 80 del siglo pasado en su ensayo Provocación, “nadie lee nada; los pocos que leen, no comprenden nada; a los pocos que entienden, se les olvida enseguida”Ley de Lem.

El «síndrome» postvacacional

sindrome postvacacionalTambién conocido en los países anglosajones como “post-vacation” blues (género musical que se asocia con melancolía y tristeza), esta sensación de tristeza o “depresión” posterior a las vacaciones, y que ha llegado a tomar el nombre de síndrome postvacacional, se va con el paso de los días.  Normalmente son necesarios algunos días, pero, en ciertos casos, este estado de ánimo puede tardar algunas semanas en desaparecer.

Si se va retrasando, puede ser la señal de que se está creando un problema serio si la persona empieza a sentir una incapacidad de liberarse de tal sensación. En ese caso, esta incapacidad ya no está quizá tan relacionada con el final de las vacaciones como con los efectos derivados de lo que la persona ha hecho para intentar liberarse de esa sensación desagradable de volver a la rutina laboral.

Desde un punto de vista enfocado a la terapia breve estratégica, se establece la distinción entre dificultades y problemas; dos niveles de “incomodidad” que son previos al concepto de trastorno. Es habitual que, según la manera como actuamos para intentar resolverlas, las dificultades se puedan transformar en problemas y los problemas en trastornos. Es lo que se conoce desde hace décadas, desde los origines de la Escuela de Palo Alto, como los intentos de solución, o soluciones intentadas.

Se trata de un concepto tan simple como difícil de entender para quien está involucrado en ello y sufriendo sus efectos. Son las cosas que hacemos, con las mejores intenciones, para intentar resolver algo (puede ser solo un estado de ánimo incómodo) y que además de no resolverlo, lo complican.

Existen algunas recetas que “pululan” por internet y que apuntan a las formas más rápidas de tratar el síndrome postvacacional, tales como que la persona comparta sus experiencias con familiares y amigos, o que mire fotos de las vacaciones, realizar actividades lúdicas, etc. Los más arrojados llegan a aconsejarles a hacer planes anticipados y empezar a reservar ya las próximas vacaciones. Todo esto pueden ser soluciones que se adaptan a un determinado caso, o pueden ser las llamadas soluciones intentadas, como se ha explicado antes.

No podemos saberlo, ni establecer normas rígidas de interpretación, a distancia. Cada persona es como es y no existen recetas milagrosas. Si después de leer esto siente que su situación se está pasando de la raya (según su propia noción de dónde está la raya, no la de otros), recurra a un profesional.

La Familia Terapéutica

familia grupoHabitualmente, en el ámbito terapéutico, se habla de la familia como un espacio social en el cual se dan las condiciones para que se desarrollen determinadas interacciones perturbadoras para una o más personas, y en la cual, por lo tanto, también se pueden reunir las condiciones para resolver estas perturbaciones. De ahí, resumidamente, proviene la llamada terapia familiar que es por algunos también conocida como terapia sistémica, porque actúa en el sistema familiar.

De lo que no se habla tanto, y es desconocido por una buena parte de las personas, es la posibilidad de que un familiar ejecute el rol de terapeuta. Y cuando me refiero a un familiar puedo hacerlo extensivo a quienes no sean estrictamente familiares, considerando el tradicional concepto de familia, pero que convivan y puedan ejercer algún tipo de influencia en quien supuestamente necesita terapia. En algunos casos esto puede servir de complemento a las sesiones terapéuticas regulares propiamente dichas, pero en otros casos, el familiar puede funcionar como terapeuta orientado por un psicólogo que esté preparado, experimentado y formado en un enfoque que contemple la terapia indirecta.

Siempre es deseable que la persona (paciente) en cuestión considere o reconozca que necesita ayuda y se dirija voluntariamente a la consulta del psicólogo(a), pero existen situaciones, por diversos motivos, en que eso no es posible. Para la terapia breve estratégica existe un caso en que la terapia indirecta es una regla o un requerimiento: es la terapia infantil. No existe terapeuta más recomendado para un niño que sus padres, o en su defecto, sus tutores. Los niños confían más en sus padres que en un extraño, y además se evita crear más problemas en el menor (“si me llevan al psicólogo es que algo malo me ocurre”). Es evidente que esa terapia indirecta con los infantes debe ser dirigida por un terapeuta con la experiencia que le corresponde, pero es también posible ejecutar este tipo de intervención indirecta en otros casos en que el paciente no puede, o no quiere, acudir directamente al terapeuta.

Evidentemente no se puede generalizar, ni tomar este aspecto terapéutico como una norma para determinados tipos de casos, siendo necesario que los familiares y el terapeuta evalúen conjuntamente la pertinencia, su disponibilidad y capacidad para actuar de esta forma. Para algunas personas esto podrá ser percibido como un reto demasiado ambicioso, pero, siguiendo el procedimiento habitual en la terapia breve estratégica, todo empieza por pequeños pasos. Esto puede parecer una paradoja, pero es exactamente empezando por pequeños pasos que se consigue aumentar la rapidez de la terapia que, por eso, se llama breve. La principal razón, entre otras, es no hacer emerger la resistencia al cambio que es una reacción natural de todo el ser humano a quien se le “invita” a salir de su zona de “confort”.

Exceptuando el caso de la terapia infantil, que debe ser integralmente realizada a través de los padres, en los demás casos, el primer pequeño paso del familiar orientado por el terapeuta se enfoca en la forma de facilitar, tanto como sea posible, que la persona acepte acudir directamente a consulta. Para los que esto les puede parecer una tarea épica, es importante asegurarles que no se les pedirá nada que les sea imposible y mucho menos un sacrificio superior a lo que ya supone la situación que sufren, directa o indirectamente.

En líneas generales, el principal vehículo terapéutico en el enfoque breve estratégico es la comunicación y en ella incidirá la preparación y orientación del psicoterapeuta a los familiare(s) terapeuta(s). No sería adecuado ni práctico describir en estas líneas todas las estrategias y correspondientes tácticas posibles de utilizar en terapia indirecta, porque han de adaptarse a las características específicas del problema, las personas implicadas y el contexto. Sin embargo, existen numerosas evidencias y casos prácticos de éxito con la intervención orientada de familiares. No se puede entender como una regla, pero es una opción, que debe ser evaluada siempre de forma conjunta con el psicólogo(a). No nos olvidemos que, si un “potencial” paciente sufre, su entorno familiar sufre proporcionalmente y deben ser consideradas todas las alternativas terapéuticas para que tal sufrimiento disminuya.

Un terapeuta estratégico debe tener siempre presente lo que Heinz Von Foerster designaba como su imperativo ético:

“Actuar siempre de forma a aumentar el número de alternativas”.    

 

 

Confianza, seguridad y salud mental

confianza seguridad«La confianza es el mayor enemigo de los mortales« es la célebre frase que Shakespeare puso en boca de Hécate, reina de las brujas, en su obra Macbeth. Con esta frase, la diosa de la magia pretendía rectificar a sus discípulas, enseñándoles la mejor manera de garantizar que el atormentado Macbeth continuase avanzando en el camino de la tragedia: inculcándole confianza, seguridad en sí mismo. Así, las brujas lograron el éxito deseado: la caída de Macbeth.

Más de tres siglos después, Paul Watzlawick, con su inigualable ironía, hace revivir las artes maléficas de Hécate, ahora más sofisticadas y adaptadas a los tiempos modernos. Lo transmite a través de divertidas analogías entre la historia del desafortunado Macbeth y las desventuras de personajes anónimos actuales que fue encontrando a lo largo de decenas de años de investigación, como miembro destacado de la Escuela de Palo Alto.

Durante una reciente relectura de «Lo malo de lo bueno» (Watzlawick, Barcelona, 1987), pude reflexionar con más calma sobre conversaciones recientes, tanto profesionales como informales, sobre la constante necesidad de una buena parte de los seres humanos (por no decir de casi todos) de encontrar seguridad a través de explicaciones, de encontrar un sentido para las cosas y hasta de un sentido para la vida.

Se podría decir que alguien que se siente seguro gana confianza, pero, asumiendo que la «shakespiriana» Hécate tenía razón, parece que aquí vamos por mal camino… Muchas veces, esta búsqueda de certezas puede activar ciertas trampas de la mente que llegan a adquirir poderes comparables a una poción mágica capaz de transformar, de forma lenta y agónica, la vida de cualquier príncipe en la vida de un verdadero sapo.

Veamos el resumen de un ejemplo, algo «caricaturizado», que relata Watzlawick:
Érase una vez un hombre que vivía feliz y satisfecho, hasta que un día decidió preguntarse si la vida tenía sus propias normas (orden y sentido). Habría sido mejor no haber tropezado con tal pregunta, pues su felicidad y satisfacción empezaron a debilitarse notablemente. Le pasó algo parecido al ciempiés cuando la hormiga le preguntó, inocentemente, cómo era capaz de caminar elegantemente con tantos pies. El ciempiés empezó a pensar seriamente en el asunto y, a partir de ahí, no consiguió dar ni un paso más.

Al ser un pensador “correcto” -parte importante del problema- «nuestro hombre» se decía a sí mismo que el problema del orden en el mundo era también un problema de su seguridad. Por lo tanto la respuesta no podía ser diferente de sí o no. ¡Hay orden o no hay orden!…

Aquí empeoraba el problema: si la respuesta fuera no, quedaban en cuestión la seguridad sobre su vida pasada así como los principios en que había basado sus decisiones. Como no podía admitir el no como respuesta a su propia pregunta, decidió emprender una dura búsqueda de respuestas en especialidades como la matemática, la filosofía, la lógica, la teología, algunos cultos y también en otras explicaciones del mundo de segunda categoría. Cuando parecía que una de estas especialidades tenía una solución a su pregunta, siempre aparecía un problema: para la verificación de la solución (confianza y seguridad), había que esperar que ocurriesen ciertas circunstancias que, evidentemente, sólo eran válidas cuando ocurrían de hecho.

Si antes había vivido con confianza ciega e inocencia infantil, ahora estaba obsesionado por la seguridad. Se preguntaba cómo era posible haber vivido tanto tiempo, seguro y satisfecho, sin pensar en la seguridad y certeza; cómo era posible sentirse más inseguro ahora cuando, además de sus pesquisas, tomaba medidas de seguridad concretas para eliminar los peligros que con más frecuencia podía prever.

Sus previsiones se cumplían, o no. Si no se cumplían, se sentía frustrado, pero esto no suponía ningún peligro en especial. Sin embargo, los pronósticos sobre amenazas parecían ser, de alguna manera, más fiables. Así, por ejemplo, al leer durante el desayuno que en un determinado día debía ser particularmente prudente, ya que los nacidos bajo su signo del zodíaco (unos 350 millones) estaban amenazados por algún accidente, quedó tan asustado que entornó el café sobre la mesa. Pero, como el café derramado no era suficiente para ser considerado un accidente serio, para comprobar la existencia de orden en el mundo, decidió no ir a trabajar en coche ese día. Ir a pie es ciertamente más seguro que conducir, pero, como se sabe, cada paso 13 es peligroso, por no hablar de cada escalón 13 de una escalera. Así, al dar ese paso 13 en la escalera de un paso subterráneo, tropezó y se lastimó gravemente la rodilla. Entonces sí, verificó que el horóscopo tenía razón.

Los años fueron pasando pero no el problema, que se volvió cada vez más sutil, dominante y en cierto sentido también más «respetable». Ya no era simplemente una demanda de vulgar seguridad, sino una postura más amplia en relación con el mundo y con la vida; designaba su meta con conceptos tan ambiguos, como felicidad, armonía, afinación, solución… No obstante, en determinados momentos, como escuchando música o en situaciones aparentemente triviales, experimentaba emociones positivas, algo que consideraba raro e incomprensible. ¡Qué cosa tan extraña, sin explicación ni orden!…

Más años pasaron y empezó a entenderse a sí mismo como un mecanismo de búsqueda. Hasta ese momento, ese motivo de orientación de su vida había permanecido desconocido para él, precisamente por haber estado tan involucrado en tal búsqueda. Descubierto este motivo, siguió algo que también se convirtió en un problema: «nuestro hombre» estaba buscando sin saber el qué. No sólo no sabía dónde encontrar lo que buscaba, sino que tampoco sabía lo que buscaba.
Sin embargo, acabó por entender que en cada momento de su vida a través de cada una de sus acciones, incluso algunas de lo más insignificante, estaba preguntando al mundo: ¿Es esto lo que estoy buscando? ¿Existirá otra forma de buscar aquello de lo que ni siquiera se sabe el nombre?

Permaneció siempre con las manos vacías, pero fue deduciendo que la única conclusión posible era que cada vez que encontraba algo, no era lo que estaba buscando, que aún no le había dado el nombre correcto y que no había buscado en el lugar correcto.

A veces se prometía alcanzar ciertos objetivos que muchas veces exigían años de esfuerzo, lo que le permitía realizar tareas poco comunes que le granjeaban la admiración de aquellos que lo rodeaban, pero, en el momento de llegar ahí, los objetivos no cumplían con sus expectativas. En casos como éste, es natural que aparezca un espejismo engañoso que se desvanece cuando alguien se acerca y se vuelve nuevamente atractivo tan pronto se alejan de él o lo pierden de vista.

Es muy difícil explicar de forma clara y convincente, cómo «nuestro hombre» se salvó de esta prisión. Parece que un día hubo un pequeño cambio; uno de esos cambios tan pequeños que arrastran grandes cambios. Al preguntarse si finalmente había alcanzado el objeto de sus anhelos, percibió que eso no podría ser más que un nombre dado a algo que estaba dentro de su ser y no en el mundo, y que los nombres no son más que un eco, humo. En ese momento, la separación entre él y eso, entre sujeto y objeto, desapareció, como dirían los filósofos.

Nada de lo que había estado buscando podría ser eso. Lo que el mundo no contiene, tampoco lo puede conservar, se dijo a sí mismo para su propio espanto; las palabras sonaban extrañamente llenas de significado: «Yo soy más yo que yo».

De repente, vio claramente que la búsqueda era la única razón por la cual no había encontrado nada hasta entonces.

¿Qué estamos haciendo mal los psicólogos?

Después de leer, en el blog de un conocido medio de publicación, un artículo sobre qué cosas los allegados de una persona que sufre depresión no deben hacer, me ha dado por leer los comentarios de los lectores. No voy a decir que “de todo menos bonito”, porque sería faltar a la verdad, pero que en muy buen lugar no nos dejaban. Y esto, no es algo aislado. De hecho, para algunos, «cualquiera es mejor psicólogo que un psicólogo.»

No voy a ser corporativista, porque hacer una carrera no te cualifica para ser un buen profesional. También es necesaria la experticia, “que es un grado”, la formación continua y el aprendizaje de los aciertos y de los errores. Pero sí que esa percepción común “del mundo” me ha llevado a  preguntarme: ¿Qué estamos haciendo mal los psicólogos?

Tanto lo qué hacemos, cómo lo hacemos y “la dolorosa”, está puesto en cuestión.

Empezaré por “la dolorosa”.  Quizá levante ampollas lo que voy a decir, por lo que pido anticipadamente disculpas a quien pueda molestar. Nunca he entendido por qué algunos colegas  anuncian “primera consulta gratis”. ¿A caso el médico generalista o especialista, el fisioterapeuta, el odontólogo, el abogado, el veterinario, etc. hasta el aprendiz del gurú de turno, no te la cobra?  ¿Por qué nos parece tan normal que otros profesionales cobren la primera consulta y nosotros tengamos que regalarla? ¿No nos consideramos merecedores o es una cuestión de marketing, para atraer al cliente y “engancharlo”, como con la oferta de bonos?

El tema de los bonos aún me irrita más que la primera consulta gratuita. Siempre me recuerdan a bonos para sesiones de rayos UVA, a las ofertas 3×1 del hipermercado, a los lotes de la subasta. ¿Y cómo podemos estar seguros de que nuestro cliente/paciente necesita exactamente ese 3×1,  ese lote o ese bono? ¿Y si sobra? ¿Qué hacemos con el sobrante?, ¿lo regala para que otro disfrute del remanente? Y si faltase, ¿le ofrecemos otra promoción?

¿No será más adecuado trabajar para diferenciarnos por eficacia y eficiencia, es decir, resultados perceptibles por el paciente en tiempo breve?

Cuando me piden consulta y preguntan por los honorarios, siempre tengo que “avisar” (sobre todo cuando son pacientes que ya han pasado por otros tratamientos, que son la mayoría) que yo cobro desde la primera consulta. Cobro porque sé qué hay que hacer y cómo hay que hacerlo. Con en el enfoque estratégico, ya en la primera sesión, gracias al diagnóstico operativo, intervenimos en dirección  al cambio, a la resolución del problema. Tengamos en cuenta que cuando un paciente nos visita por primera vez espera obtener un alivio de algún aspecto sintomático o de una inquietud que le atormenta. Todas las corrientes metodologicas deberian dotarse de herramientas para este fin..

Lo qué hacemos. Pues pareciera, por lo que lees en foros y escuchas “por ahí”, que no hacemos gran cosa. Simplemente trabajamos con la psique, (del griego ψυχή, psyché, «alma humana»), la entelequia que llamaba Aristóteles, la causa formal, eficiente y final de los seres vivos. Ese “algo” que no es materia pero que hace que la materia esté viva, cambie, se transforme, adquiera conocimiento y fije objetivos, presentes y futuros, que actúen como estímulo para la acción. Ese “algo” resultado de toda una red compleja de continuas interacciones y retroacciones (causalidad circular)  entre sistemas dinámicos vivos -la persona, los demás y el mundo-, que constantemente están ajustándose y adaptándose para mantener su homeostasis funcional, su equilibrio.

causalidad circularCuando ese equilibro se rompe, o es disfuncional, es nuestra labor, seas psicólogo@ escolar, social, clínico, organizacional, detectar el punto de palanca del cambio, determinar en qué parte de todo este entramado de causalidades circulares intervenir, y cómo hacerlo, para reestablecer la homeostasis “sana”.  Así de simple, así de sencillo, parece ser… la idea que está siendo transmitida por la proliferación de tanto “aprendiz de brujo”.

Pues no, yo no lo veo ni tan simple ni tan sencillo. Y puedo asegurar que no lo es. Veamos una analogía de las diferentes situaciones posibles: Cuando las luces del salpicadero de mi coche me indican que le falta líquido refrigerante, agua del limpiaparabrisas e incluso aceite del motor, sé reponérselo. Lo he visto hacer, me han enseñado y he seguido las indicaciones. Sé detectar cuando la correa del ventilador no está bien, ese ruido característico, y sé que hay que sustituirla. Quizá con un tutorial hasta sabría hacerlo, y lo haría, o algún “manitas” me echaría un cable. Pero si ya falla el cigüeñal, esa pieza fundamental del motor del coche, ahí sí que directamente al profesional, al mecánico. Ni lo sé hacer, ni me la voy a jugar con tutoriales o con amateurs.

(Pensando en voz alta, creo que esta analogía del coche, ha sido provocada por uno de mis pacientes, que una vez al año me pide consulta “para la revisión de la ITV”).

Cómo lo hacemos. Preguntar y escuchar, que no oír, es importante, como también la famosa empatía, para poder comprender el punto de vista del interlocutor o interlocutores, pero no suficiente. ¡No nos podemos quedar calzando los zapatos del otro! Son sus zapatos, no nuestros zapatos.

 preguntas dialogoIndependientemente de la corriente metodológica con la que trabajemos, tenemos que saber observar, analizar y separar la paja del grano, para detectar por dónde intervenir, siendo tan flexibles en la interacción como persuasivos en la prescripción, si queremos que nuestras indicaciones sean seguidas y que el paciente se adhiera al tratamiento que se adecúa a su caso (nuestra forma de comunicar y relacionarnos va variando en función de la persona y/o personas involucradas, el contexto y la resistencia al cambio).

Cada caso es único e irrepetible, por eso no soy partidaria de “recetas” (aunque sé que nos las demandan). Pero todo modelo debe tener herramientas para, volviendo a la analogía, revisar y “poner a punto la máquina”.

En el enfoque estratégico, con el que trabajo, hay una herramienta clave, sea en el área de salud mental, con la terapia breve estratégica, sea en el ámbito organizacional y problem solving, sea en el counseling o asesoría o bien sea en el desarrollo del potencial, que prefiero llamar trabajo en alta performance, porque va más allá de conceptos de moda como el coaching. Este elemento clave es: Intento de Solución como llamaban los “padres” del modelo, los científicos de la Escuela de Palo Alto.

Es decir, aquellas soluciones puestas en marcha para resolver un problema o para alcanzar un objetivo y  que en lugar de ayudar a alcanzar el cambio deseado, mantienen vivo el problema, obstaculizan la meta y empeoran la situación.

Dejando de poner en práctica todas esas soluciones intentadas que empeoran las cosas, la situación da un vuelco y se puede encauzar, e incluso en algunos casos hasta reestablecer la homeostasis funcional. Pero si no se llega a alcanzar el  equilibrio: pare el coche, llame a la grúa y acuda al mecánico!!

Después de toda esta disertación, quizá pueda ser útil seguir dándole vueltas: ¿Qué estamos haciendo mal los psicólogo@s?

Coaching no es terapia

coaching no es terapiaEl pasado viernes 23 de junio, durante el III Congreso Nacional de Psicoterapia, recordé, a colación del tema que se estaba tratando en una de las mesas redondas, un artículo que escribí en su día y que había dejado en el “cajón del pc”. Lo publico ahora:

Coaching no es terapia

A ciencia cierta, no sé qué es el coaching, pero lo que sí sé es que coaching no es terapia, ni asesoramiento psicológico, ni mucho menos psicoterapia.

Antes, cuando uno tenía problemas “vitales”, bien en ámbito personal, bien en el profesional, se acudía al cura, luego al psicoanalista y ahora ¡al coach!!! Pareciera, por la información que te llega de las redes y medios de comunicación, que el coach te va a ayudar a resolver todos tus problemas “humanos”.

No diré que un coach no pueda ayudar a desarrollar el potencial de una persona, el talento, trabajando con sus recursos, para alcanzar sus objetivos, su meta. Al fin y al cabo, esta es su función: entrenador –coach– del entrenamiento –coaching-. Como el entrenador de futbol que durante los entrenamientos saca los mejores recursos de sus jugadores para que ganen el partido, que juegan ellos, no el entrenador.

Y en este “juego de la vida”,  a veces ponemos en marcha intentos de solución que nos van limitando, que van incapacitando, hasta que se puede llegar a sentir y expresar frases como las que escucho a menudo en mi consulta: “ser prisionero del destino”, “incompetente”, “un fracaso humano”, “dependiente“, “el gran vacío interior”, “un caso perdido”, “falta de aire”, “frustración e impotencia”, “culpable y miserable”, “diana de los compañeros”, “ira irrefrenable”, “víctima del qué dirán”,…

Estas frases, entre otras cosas, son señales ante las cuales un coach debería prestar atención y evaluar si está delante de un caso de su competencia, y puede ayudar realmente, o si debe derivarlo a un experto del área, o sea, a un psicólogo@. Cuando las emociones comienzan a interferir de manera disfuncional en la percepción de la realidad de una persona, comienza a desencadenarse un círculo vicioso que puede terminar en patología.

En el enfoque estratégico, metodología de resolución de problemas de interacción humana, sea con uno mismo, con los demás o con el mundo, desarrollada por los investigadores de la Escuela de Palo Alto, el nivel invalidante del problema es lo que define el tipo de intervención a realizar (coaching, counseling o psicoterapia).

Cuando el problema no incapacita a la persona a llevar una vida, digamos, “normal”, y se circunscribe a un aspecto específico, se trabaja con las técnicas de problem solving para resolver el problema. Plan de carrera o promoción, problemas en los estudios, bloqueo de la performance o desempeño, fijación de objetivos, toma de decisiones, resolución de conflictos, definición de estrategias, gestión de resistencia al cambio, etc., son intervenciones a las que los alumnos del master en Comunicación y Problem Solving Estratégico (del que he sido docente y coordinadora durante varios años), les gustaba definir como coaching.

Pero también se utilizan estas técnicas de problem solving en aquello que en el mundo anglosajón llaman counseling, o lo que es lo mismo, asesoramiento, orientación psicológica que permita a la persona atender y superar sus problemas cotidianos o conflictos no invalidantes. Por ejemplo, relación padres-adolescentes; comunicación en la pareja; pautas para los cuidadores o familia de pacientes; manejo de las emociones en situaciones vitales complicadas…

coaching no es terapiaLa “alarma” debe “sonar” en la mente del profesional que se propone a ayudar, si el problema es tan intrusivo que tiende a invalidar, día a día, el espacio vital la persona, y por extensión a afectar los familiares o aquellos que le rodean habitualmente. En estas situaciones se verifica un salto de nivel no sólo cuantitativo, sino también cualitativo. El círculo vicioso disfuncional se ha instaurado y consolidado; nos encontramos frente a los trastornos mentales y el tipo de intervención adecuada para ayudar, en estos casos, es la psicoterapia. La terapia breve estratégica se centra en interrumpir los círculos viciosos patológicos de forma a poder instaurar un nuevo equilibrio sano y funcional, de forma sostenible, guiando a la persona a través de experiencias emocionales correctivas que le orienten a cambios de perspectiva que refuercen  y garanticen un recorrido seguro y progresivo hacia la deseable autonomía psicológica, de forma tan breve cuanto sea posibleSe trata de aplicar lo que ha sido científicamente probado, de forma empírico experimental, a lo largo de muchas décadas. Por supuesto, adaptándolo al caso personal y a la “originalidad” de cada paciente.

Experimentar lo que se deriva de las “enseñanzas” de ciertas pseudociencias noveles, con personas que sufren, más que una temeridad, constituye un fuerte desafío a la tolerancia ética de la sociedad actual. ¿Hasta cuándo?   

Los profesionales de ayuda tenemos que tener un alto nivel de autoexigencia, honestidad, ética y una apurada conciencia operativa para poder derivar aquellos casos que no son de nuestra competencia y evitar consecuencias que pueden ser fatales (trabajamos con personas, no con materiales que si se rompen se pueden tirar y sustituir por otros).

 

¡Basta ya!

Creo que hay pocas profesiones como la de psicólogo@ que estén sometidas a tanto intrusismo profesional. ¡Basta ya!

Ya sé que hay otras profesiones que también lo padecen, pero quizá yo lo perciba en mayor grado en mi profesión, porque me toca directamente. Lo que tengo claro es que en el caso de la psicoterapia, mucho más que la defensa de la profesión importa la defensa de los que acuden a sus servicios porque, de una forma o de otra, la vulnerabilidad suele acompañar a cualquier forma de sufrimiento humano.

¡Qué coraje cuando me llegan a consulta pacientes que han pasado por algún tipo de “predicadores” y/o “sanadores”!  Muchos llegan en circunstancias penosas, en búsqueda de una solución de último recurso. Algunos casos son tan “desesperados” que, paradójicamente, pueden hasta facilitar la adhesión al tratamiento que prescribo y aumentar la rapidez de la recuperación del paciente. Sin embargo, el hecho de resolver rápidamente ciertos casos que hasta pueden favorecer mi imagen profesional de buena psicoterapeuta, no me puede distraer de la obligación de alertar para prácticas que vienen causando verdaderos dramas humanos.

Y eso que mi modelo de trabajo sigue la línea estratégica de la Escuela de Palo Alto, caracterizada por un pensamiento “herético”,  comparado con otros modelos tradicionales/ortodoxos de psicoterapia. La terapia breve estratégica se interesa por la funcionalidad del comportamiento humano frente a los problemas, dejando a un lado teorías rígidas, normativas y deterministas.

ilusion-desilusion-depresion Los “predicadores”, los “yes, we can!”, los “piensa en positivo”, que te animan, motivan y casi jalean, son un peligro en potencia para cualquiera que busque algún tipo de ayuda psicológica. A menudo, las expectativas tan exageradas que consiguen crear, las ilusiones, como difícilmente se alcanzan, acaban por generar en la persona un desesperante sentimiento de incapacidad (“soy un inútil; me rindo, mejor acabar ya”). Y qué decir cuando esta sensación incapacitante se presenta por comparación con los miembros integrantes de un grupo que generalmente alcanza sus metas. Él que no está pasando una buena racha y no las alcanza, acaba por creer que los demás piensan que es un incapaz (“soy el hazmerreír de la empresa”).

La perniciosa secuencia: Ilusión, desilusión, depresión.

Esta es una parte oscura de la intervención de los “sanadores”, que te curan el alma, la mente, el cuerpo y el espíritu, que te devuelven la felicidad y la armonía con sus “motivadoras” y “mágicas” palabras, su imposición de manos, sus flores y aromas, alusiones abusivas al ying y al yang, sus constelaciones con tintes esotéricos, etc., etc.

Más oscura se vuelve la cosa cuando la situación de debilidad de la persona, mal enfocada desde la  incapacidad “profesional” del “sanador”,  llega a producir brotes psicóticos paranoides (“estoy amenazado de muerte en el trabajo; les he oído”) o episodios maníacos (“cuando me vengo arriba, mi comportamiento es violento. Si mi madre me dice algo que a mí no me gusta, rompo lo primero que tengo a mano”).

Después de haber tenido que tratar cuatro casos seguidos, derivados de este tipo de encuadre sanatorio, me ha venido a la cabeza la escena de la serie House, donde el médico protagonista, ingresado en un “sanatorio”, se escapa, con  la mejor intención, llevando a un paciente “desmotivado”, porque había perdido sus poderes de Superman, al túnel de viento de un parque de atracciones. De regreso al “sanatorio”, nuestro Superman que ha tenido la experiencia (artificial) de recuperar su “poder” de volar, se tira, convencido de que volaría, desde una cuarta planta.

Tan osada no seré como para decir que “predicadores” y “sanadores” actúen con mala intención, pero el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones”.

 

 

Ansiedad – 4 cosas que tienes que evitar

En las redes hay cientos de artículos aconsejando a quienes sufren de ansiedad sobre las cosas qué deben hacer para lidiar con ella, en todos los planos, el emocional, el cognitivo, el comportamental, el social y ¡hasta el nutricional!

Pues bien, yo escribiré sobre lo que NO tienes que hacer, si quieres solucionar tu problema. ¿Por qué? Porque son acciones (o inacciones) que alimentan el problema. O sea, lo empeoran. En Terapia Breve Estratégica las llamamos Soluciones Intentadas o Intentos de Solución.

Como ya he referido en otros escritos, la ansiedad es una respuesta del organismo ante estímulos, externos o internos, percibidos por el individuo como amenazantes, una señal de “alarma”, de alerta, que nos advierte de un peligro inminente y nos permite adoptar medidas para poder afrontarlo.  Cumple una función adaptativa.

Sin embargo, pasa a ser patológica cuando es demasiado intensa, o supera cierto umbral, o se generaliza más allá de la situación, evento u objeto que justifiquen una reacción de miedo.  Adquiere un carácter invasivo, dominante e incontrolable. La vida de la persona gira en torno a evitar el potencial peligro imaginario futuro. Es un miedo anticipatorio.

Si quieres mantener la ansiedad en un nivel “sano”, evita hacer las siguientes cosas, porque en caso contrario, como dije antes, estarás alimentando la ansiedad y transformándola en patológica.

Por otro lado, si tu ansiedad ya está en un nivel patológico, deja de realizarlas porque es como si avivaras las brasas de la ansiedad con un fuelle para que crezca el fuego, manteniendo no sólo vivo el problema, sino empeorándolo.

 

¿Qué evitar si tienes ansiedad?:

 

1- Evita evitar

La primera cosa que hace quien padece de ansiedad es posponer aquello que teme para evitar ser pillado por sorpresa por el “monstruo” y que las sensaciones negativas asociadas a lo temido no aparezcan ni aumenten.

Cuanto más empiezo a evitar afrontar lo que temo, más me confirmo que lo temido es peligroso y más aumento mi miedo en lugar de reducirlo. Es la trampa de la evitación: cada evitación amplifica el miedo abriendo la puerta a otra evitación. Y esta secuencia interactiva en la cual cuanto más evito, más aumenta mi miedo, más vuelvo a evitar, se va extendiendo ¡hasta llegar al punto de no ser capaz de poder salir de casa!

 

2 – Pedir ayuda

pedir ayudaAlgunas personas solicitan ayuda directamente a los demás para afrontar aquello que temen (“por favor, acompáñame porque no me encuentro bien”) y otros son tan “buenos” que se las ingenian para que parezca que la ayuda es iniciativa de los otros (“es mejor que te quedes tú en casa, que ya voy yo”).

Sin embargo, pedir ayuda a los demás funciona de la misma manera que la evitación: que siempre haya alguien dispuesto a estar conmigo, me confirma continuamente mi incapacidad para afrontar solo lo temido.

Más pido ayuda, más agravo los síntomas ansiógenos, porque más aumenta mi sensación de incapacidad.

 

3 – Controlar los síntomas fisiológicos

controlar sintomasGeneralmente, cuando uno nota los síntomas físicos de la ansiedad (palpitaciones elevadas, frecuencia cardíaca rápida, mareos, temblores, sudoración, escalofríos, sensación de ahogo, presión en el pecho, nudo en el estómago…), la tendencia es intentar reprimirlos, controlar todos los parámetros fisiológicos (“tranquilo, relájate, respira, no tiembles…”).

Pero en el momento que intentamos controlar estas sensaciones, paradójicamente, en lugar de calmarlas, más se alteran. Estos parámetros son regulados por el sistema nervioso autónomo y funcionan de manera involuntaria, espontánea, – la frecuencia respiratoria, el ritmo cardíaco, la sudoración, el sentido del equilibrio, la tensión muscular, etc.

Cuanto más intentamos controlarlos, más los desencadenamos.

 

4 – Socializar el problema

socializarEs muy común que las personas que sufren de ansiedad tengan la idea ilusoria de “cuanto más hablo de mi problema, más se me pasa”; así que socializan sus temores con los demás (lo comentan con su entorno más cercano, ¡y a veces no tan cercano!).

Sin embargo, y creo que ya lo habrás notado si padeces ansiedad, cuanto más hablo de mi ansiedad, más la amplifico, más la hago crecer porque los demás procuran tranquilizarme, reasegurarme. Si continuamente me intentan tranquilizar, más me voy convenciendo de que hay realmente un peligro. Con la mejor intención, quienes me rodean dándome su apoyo, alimentan más aún mis temores.

Aunque el “juego” no acaba aquí: no sólo estoy más asustado cuando los demás intentan tranquilizarme, sino que me siento más incapaz. Porque me doy cuenta de que tengo miedo de algo que los demás parecen no tener. Así que, si pedir ayuda es avivar el fuego, socializar el problema, es echarle gasolina.

 

Si puedes evitar estas cuatro cosas, notarás en breve la mejoría, e incluso puede llegar hasta la desaparición del problema.

 

Si no es así, acude a un profesional, a un psicólog@ psicoterapeuta, que te enseñe cómo bloquear estos intentos de solución, que no funcionan, para que seas tú quien pase a manejar al “monstruo”.

 

Y si el profesional te puede garantizar resultados en tiempo breve, como un psicoterapeuta estratégico, pues mejor que mejor, porque la ansiedad puede llegar a ser un trastorno invalidante pero que puede resolverse sin necesidad de fármacos.

 

 

Neurociencia y Causalidades

terapia breve estrategica - neurociencia y causalidadesProliferan los estudios sobre neurociencia. Estas investigaciones, de gran aportación para comprender la estructura y el funcionamiento del sistema nervioso, que han supuesto un gran avance en el tratamiento de las enfermedades neurodegenerativas, también intentar dar explicación al comportamiento humano, llamémosle, “insano”.

Si en décadas anteriores, las investigaciones se centraban en los neurotransmisores, cómo su carencia o exceso estaba relacionado con los trastornos, ahora las investigaciones de neurociencia se centran en las redes neuronales involucradas así como en la genética (mediante la optogenética se excitan o inhiben determinadas neuronas para acotar en animales vivos los circuitos neurales afectados por dichos genes) ¡Y tenemos genes para todo! El gen de la depresión mayor, el gen del trastorno bipolar, el gen del TDAH, el gen de la ansiedad, el gen de la esquizofrenia, el gen del TOC, el gen de la cleptomanía…

Otros investigadores refieren que es muy difícil identificar la genética de los trastornos mentales dado que, en general, no son producto de un solo gen, sino de un conjunto de genes, una suerte de carga genética  acumulada y su afectación por factores ambientales (la vivencia de experiencias “traumáticas” o negativas).

Sea como fuere, pareciera que los esfuerzos se centran en establecer una causalidad lineal entre “herencia” y trastorno mental. ¿Qué resquicio le queda al ser humano bajo esta perspectiva? Porque si nos ponemos a tirar, la herencia genética del ser humano es común, parte de las primeras bacterias anaerobias, así como nadie está exento de padecer a lo largo de su vida un evento “traumático” (como digo a mis pacientes, la vida es un camino de rosas, con ese dulce aroma y suaves aterciopelados pétalos, pero también con sus punzantes espinas). ¡Es como si todos tuviéramos la espada de Damocles encima de nuestra cabezas!

Es cierto que en los últimos tiempos se ha aprendido mucho sobre la química del cerebro, sobre los neurotransmisores y sus receptores en animales de laboratorio, pero ¿cómo funciona en el cerebro del paciente y en su interacción con el contexto? Porque la mayoría de los pacientes no viven aislados en un laboratorio. Hay que dar más importancia al conocimiento operativo.

Desde una perspectiva menos determinista y de gran valor operativo, el principio de entender cómo funciona el problema para descubrir cómo actuar sobre él, es lo que ha “marcado el norte” de la metodología desarrollada por los investigadores de la Escuela de Palo Alto, los “padres” de la Terapia Breve Estratégica. De acuerdo con los resultados de sus décadas de investigación, es la causalidad circular, la secuencia de retroalimentaciones recíprocas entre causa y efecto, la que crea y mantiene los problemas.

Para el enfoque estratégico, la mayoría de los trastornos psíquicos, son resultado del significado que la persona atribuye a la realidad que está percibiendo en su contexto, y de la manera disfuncional cómo reacciona, lo que le conduce a confirmar su percepción y le “empuja” a reaccionar nuevamente de manera disfuncional, estableciéndose un círculo vicioso.

Por ejemplo, sin ninguna evidencia fuerte, creo percibir en mi cuerpo síntomas de una enfermedad, así que me pongo a hacer comprobaciones a mi cuerpo, a “escucharlo”, prestando mucha atención para verificar si son señal de que todo va bien o no:

  • Pero claro, quien busca, ¡encuentra! Al aumentar la atención a las sensaciones corporales, estas se ven amplificadas, así que descubro señales que me confirman que algo no va bien y me asusto.
  • Con el miedo, más percibo aumentadas mis señales corporales y más estas me van confirmando que tengo una enfermedad. Así que iré al médico de cabecera, que al no descubrirme nada, me manda al especialista.
  • Este hecho, en lugar de tranquilizarme, más me confirma que tengo una enfermedad porque me manda al especialista, comenzando todo un peregrinaje por los especialistas, donde cada visita, a pesar de los resultados ser negativos, más me intranquilizan porque no encuentran lo que me pasa.
  • Más me confirman que tengo una enfermedad, ¡además rarísima porque no dan con el diagnóstico! Me pondré a indagar en internet sobre enfermedades raras y su sintomatología, y encontraré las señales que me confirmen la enfermedad, entraré en pánico, la cosa tiene mala solución, me recetarán ansiolíticos, que me confirman definitivamente que tengo una enfermedad, porque si no … ¿por qué iban a recetármelos?

causalidad circular terapia breve estratégicaExiste una causalidad circular entre cómo el problema persiste y las soluciones intentadas que la persona hace para resolverlo sin éxito. A pesar de la causalidad lineal que pueden sugerir las investigaciones de la neurociencia, la redundancia de esta red de retroalimentación perceptiva y reactiva disfuncional, entre la persona y sus realidades (personal e interpersonal), es la que da lugar a sistemas perceptivo-reactivos rígidos y disfuncionales; al llamado tarstorno mental.

Hasta el momento, las evidencias empírico-experimentales comprueban que así funcionan las cosas, en la mayoría de los casos de trastornos mentales. Es más determinante lo que yo hago, y cómo lo hago, en función de aquello que percibo, que las herencias que, afortunadamente, o desafortunadamente me hayan tocado.

Hablando con la locura

hablando con la locuraEn uno de mis posts, comentaba cómo la estructura de los problemas (cómo funcionan y qué los mantienen vivos en el presente), el círculo vicioso se repite, lo cual ha permitido a la Terapia Breve Estratégica desarrollar protocolos de intervención para cada tipo de trastorno.

Tener protocolos, es una gran ventaja, pero no es suficiente para garantizar el éxito de la terapia. Es necesario adaptarlos a la “originalidad” del paciente, a sus particularidades y a su contexto. Es decir, la aplicación de las maniobras, de las prescripciones, varía de caso a caso, a fin de que el paciente nos siga y se adhiera al tratamiento. Como decía Milton Erickson, cada terapia tiene que ser original.

Dos elementos son claves en este nivel aplicativo de la estrategia de solución, que todo buen terapeuta estratégico tiene que manejar:

  1. La relación, o lo que es lo mismo, gestionar la resistencia al cambio (aspecto del que ya hable también en otro post).
  2. La comunicación persuasiva, el sintonizar con la lógica del paciente para cautivarlo y persuadirlo a cambiar.

Tengo que confesarlo, disfruto hablando con la “locura” y cuanto más bizarra, mejor; te permite dar rienda suelta a la imaginación, a la creatividad.

Recuerdo aquel joven que sólo salía por las noches porque le angustiaba la fealdad de la realidad, pero más le angustiaba que su familia le forzara a salir de día para contemplar la belleza del mundo. La forma de establecer la sintonía empezó con una frase: “Pero chico, si tú ves bien, el mundo es feo. Mira las calles, llenas de cacas de pájaro y perros, escupitajos, el olor pestilente de los sumideros, las hojas muertas en las aceras…”.

O aquel adolescente con la mano escayolada por partirse los nudillos descargando su rabia contra una pared de piedra; “soy Leónidas contra Jerges” me dijo; “bien Leónidas, como buen espartano, la próxima vez que tengas un arrebato de rabia, tendrás que sacrificar tu otra mano y golpear fuerte con ella contra la pared”, le contesté (había que ver los ojos desorbitados de su madre ante mi sugerencia).

O el caso de la persona que se quedaba bloqueada con determinadas sílabas, incapaz de pronunciarlasporque no consigo construir la sílaba en mi cabeza; me dicen que no lo piense, pero no puedo dejar de pensar en cómo construir la sílaba”. Aquí la cosa ya ha tenido que ser un poco más elaborada: “Pero si tienes uno de los mejores recursos, ¡aprovechémoslo!. Tienes que pensar cómo se construye cada una de las letras y cada uno de los fonemas que componen la sílaba; así estaremos usando el hemisferio izquierdo y el hemisferio derecho, que se unirán para dar sonido a la sílaba, tú problema es que estás construyendo la casa por el tejado: vas directamente a la sílaba, saltándote el paso previo, las letras y fonemas”.

O la tricotilomanía “evolucionada”, donde el placer es comerse el bulbo del pelo arrancado (y no el mero hecho de esa fina línea donde el dolor se convierte en placer).  La conversación inicial: Terapeuta: “¿Te comes todos los bulbos o seleccionas el pelo que vas a arrancarte para comerte el bulbo?” Paciente: “No, no, lo selecciono. Me arranco los pelos más gordos, porque tienen un bulbo más gordito, aunque ya me quedan pocos o ninguno; me cuesta encontrarlos”. Terapeuta: “Qué pena, porque ciertamente los bulbos de pelo de elefante, como les llamo yo, son más sabrosos”.

Podría seguir enrollándome con cientos de casos, porque como dije, disfruto hablando con la “locura”. No hablo con “pepito, Juanito o menganito”; como digo a mis alumnos, un terapeuta estratégico habla con el sistema perceptivo-reactivo, con la manera como la persona percibe la realidad y reacciona ante ella, es decir, el significado atribuido a la realidad percibida (realidad de segundo orden como le llamaba Paul Watzlawick) conlleva a actuar, reaccionar, en el caso de los trastornos psíquicos, de manera disfuncional.

Hablar con el sistema perceptivo-reactivo permite hacer sentir al paciente que lo comprendes (“¡por fin alguien me entiende!” te explicitan muchos), que estás en su misma lógica de pensamiento, que sabes de lo que hablas, que conoces del tema y eres experto, predisponiendo de este modo al paciente a ir aceptando las reestructuraciones perceptivas (nuevos puntos de vista, nuevos significados para esa realidad percibida) hasta adherirse a la prescripción.

 

“Sólo esto” ya es más de medio camino hecho para aliviar el sufrimiento de muchos. Por eso se trata de una terapia breve.

 

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