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Cómo construir un trastorno mental

como construir un trastorno mentalEduardo, hace un año tuvo una serie de síntomas físicos persistentes: entumecimiento, hormigueo y dolor de los miembros inferiores, mareos y vértigos.

Un día era tan acuciante el dolor, que acude a urgencias, donde le realizan una serie de pruebas parar determinar cuál es el problema, hacer un diagnóstico y dar inicio al tratamiento.

Como las pruebas en urgencias parece que no dan ningún resultado concluyente, los médicos deciden ingresarlo en el hospital. Cuando le informan su ingreso, Eduardo piensa: “debo tener algo poco frecuente, pero estoy en buenas manos”.

A lo largo de todo un mes es sometido a mil y una pruebas con diferentes especialistas.  A medida que van pasando los días de su ingreso hospitalario, sin saber qué le sucede exactamente y cuál es el origen de su problema,  los mensajes intrusivos van llenando la cabeza de Eduardo (“debo tener algo extraño porque los médicos no están dando con ello”; “tengo una enfermedad rara  e incurable“;  “voy a morir”) y, consecuentemente, disparando su ansiedad.

Él intenta mantener la calma, al fin y al cabo “estoy en el lugar adecuado”, y no pensar en todos esos pensamientos catastróficos, pero ya sabemos que pensar en no pensar es pensar (en duplicado): día y noche su cabeza está inundada con mensajes nada halagüeños. La obsesión y ansiedad van en aumento.

Pasado un mes, Eduardo es enviado de vuelta a casa sin que en el hospital logren averiguar el origen del problema y dar con un diagnóstico y con una medicación para paliar los síntomas, incluido el correspondiente ansiolítico y antidepresivo.

Y a partir de este momento, se desencadena la espiral de “locura”.  En su mente solo hay un pensamiento: “sin diagnóstico, no me pueden curar. Estoy desahuciado”. Intenta no pensar en ello, porque le genera muchísima ansiedad y tiene que tomarse un ansiolítico (le han prescrito que puede ingerir hasta tres diarios), pero más intenta no pensar, más presente está el pensamiento, más ansiedad…

Es tal la tensión que comienza a sufrir mareos, vértigos, ausencias y sensación de desrealización, retroalimentando el miedo: más pensamientos intrusivos, cada vez más presentes, más ansiedad, más síntomas asociados, más miedo.

Comienza a escuchar su cuerpo, a controlar los síntomas físicos y sensaciones, y quien busca, ¡encuentra! (mareos, vértigos, hormigueo en las extremidades, dolor de cabeza, tensión muscular…), lo no que no hace más que alimentar la espiral del miedo: más controla los síntomas, más se desencadenan, más pensamientos intrusivos, más ansiedad, más miedo.

Por miedo a que le ocurra algo como consecuencia de sus síntomas, empieza a evitar salir de casa, pero nuevamente esta solución intensifica el problema: más evita, más teme que le suceda algo malo fuera de casa y nadie pueda auxiliarla, más evita (hasta el punto de ya no salir de casa, ni con amigos ni con familiares), más pensamientos intrusivos, más ansiedad, más descontrol de los síntomas, más miedo.

Todo este relato podría ser ficción, pero la realidad, a menudo, supera la ficción. Con la mejor intención las soluciones intentadas por las personas implicadas, o sea, aquellas acciones que bien porque no nos damos cuenta, o no se nos ocurre otra forma de reaccionar, o porque nos fueron eficaces en situaciones similares del pasado.

Las repetimos, aunque no estén funcionando, manteniendo y empeorando los problemas humanos. De esta forma se puede explicar cómo construir un trastorno mental.

Como se suele decir, el camino al infierno está lleno de buenas intenciones.

 

 

El sabio-ignorante

sabio-ignoranteLleva unos cuantos días rondándome por la cabeza el sabio-ignorante del que hablaba Ortega y Gasset: «[…] un señor el cual se comportará en todas las cuestiones que ignora, no como un ignorante, sino con toda la petulancia de quien en su cuestión especial es un sabio».

Caen en mis manos dos investigaciones: un estudio de las Universidades de Liverpool y de East London sobre los criterios diagnósticos del DSM-5 y una revisión a la Guía de Práctica Clínica sobre el tratamiento del trastorno por estrés postraumático (TEPT) de la APA (Asociación Americana de Psicología), este realizado por los investigadores Norcross y Wampold y publicado en la Revista Psychotherapy. En ambos casos, se viene a concluir que los enfoques diagnósticos eminentemente biomédicos no son adecuados para su fin, pues olvidan factores claves que afectan a la eficacia del tratamiento: cómo intervenir, la adaptación del tratamiento a las características singulares y “originales” del individuo, el contexto y la relación terapéutica.

O sea, concluyen estos estudios que los referidos enfoques diagnósticos son “sabios” en la teoría, pero “ignorantes” en la práctica terapéutica.

Asisto a un congreso sobre suicidio infantil y juvenil y a un seminario sobre trastornos de la conducta alimentaria. ¿Denominador común?: el enfoque de terapia cognitivo-conductual (TCC) y más concretamente, la llamada tercera generación de la TCC. (Puede ser una debilidad personal pero siempre que oigo hablar de las terapias 3G me viene a la mente la película de Spielberg “Encuentros en la tercera fase”).

En el primer seminario me encontré con la aseveración, de uno de los ponentes, de que “el tratamiento más eficaz para las conductas suicidas es la Terapia Dialéctico Conductual”. En el segundo seminario, se sugería que “para las conductas alimentarias el Tratamiento “Transdiagnóstico” sería el más adecuado”. Ambos tratamientos y sus elaboradas nomenclaturas se encuadran, por supuesto, en el enfoque terapéutico cognitivo conductual. Evidentemente, ¡sólo se presentaron trabajos con un abordaje cognitivo-conductual! “Sabios” en su campo, “ignorantes” en los demás.

Participo en un taller sobre terapia breve orientada al problema (modelo Palo Alto). Desde mi punto de vista, por parte del ponente, ha habido un exceso de defensa del modelo “paloaltiano puro” frente a su evolución. “Sabio” en el pasado, “ignorante” en el presente y, obviamente, una limitación de cara el futuro.

Encuentros e intercambio con otros colegas de profesión. La mayoría sigue el enfoque cognitivo-conductual, nada de extrañar, por otra parte, dado que la TCC es el modelo que impera en nuestras facultades de psicología. Y cómo no, llega el momento en que algunos “sabios” de la TCC comienzan a defender a capa y espada la gran virtud de su modelo: “el único basado en la evidencia científica”. Me pregunto si esto puede corresponder ya a una ignorancia supina. ¿Saben los que afirman tal cosa en qué se basa el método científico? Quizá, una pizca de conocimiento de la epistemología no les vendría mal.

Aprovecho para hacer una referencia a los alumnos del curso de Experto en Psicoterapia Breve Estratégica, organizado por el Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid, de cuyo cuerpo docente formo parte: siempre les recalco que sean curiosos, lean lo más que puedan, se instruyan, e intenten conocer antes que reconocer. En caso contrario podrán terminar su formación, en el mejor de los casos, siendo una especie de “sabio-ignorante” y en el peor de los supuestos, un miembro más de la “masa” terapéutica.

PD: No sé para qué escribo mis reflexiones, si como promulgó Stanislaw Lem, allá por los 80 del siglo pasado en su ensayo Provocación, “nadie lee nada; los pocos que leen, no comprenden nada; a los pocos que entienden, se les olvida enseguida”Ley de Lem.

Confianza, seguridad y salud mental

confianza seguridad«La confianza es el mayor enemigo de los mortales« es la célebre frase que Shakespeare puso en boca de Hécate, reina de las brujas, en su obra Macbeth. Con esta frase, la diosa de la magia pretendía rectificar a sus discípulas, enseñándoles la mejor manera de garantizar que el atormentado Macbeth continuase avanzando en el camino de la tragedia: inculcándole confianza, seguridad en sí mismo. Así, las brujas lograron el éxito deseado: la caída de Macbeth.

Más de tres siglos después, Paul Watzlawick, con su inigualable ironía, hace revivir las artes maléficas de Hécate, ahora más sofisticadas y adaptadas a los tiempos modernos. Lo transmite a través de divertidas analogías entre la historia del desafortunado Macbeth y las desventuras de personajes anónimos actuales que fue encontrando a lo largo de decenas de años de investigación, como miembro destacado de la Escuela de Palo Alto.

Durante una reciente relectura de «Lo malo de lo bueno» (Watzlawick, Barcelona, 1987), pude reflexionar con más calma sobre conversaciones recientes, tanto profesionales como informales, sobre la constante necesidad de una buena parte de los seres humanos (por no decir de casi todos) de encontrar seguridad a través de explicaciones, de encontrar un sentido para las cosas y hasta de un sentido para la vida.

Se podría decir que alguien que se siente seguro gana confianza, pero, asumiendo que la «shakespiriana» Hécate tenía razón, parece que aquí vamos por mal camino… Muchas veces, esta búsqueda de certezas puede activar ciertas trampas de la mente que llegan a adquirir poderes comparables a una poción mágica capaz de transformar, de forma lenta y agónica, la vida de cualquier príncipe en la vida de un verdadero sapo.

Veamos el resumen de un ejemplo, algo «caricaturizado», que relata Watzlawick:
Érase una vez un hombre que vivía feliz y satisfecho, hasta que un día decidió preguntarse si la vida tenía sus propias normas (orden y sentido). Habría sido mejor no haber tropezado con tal pregunta, pues su felicidad y satisfacción empezaron a debilitarse notablemente. Le pasó algo parecido al ciempiés cuando la hormiga le preguntó, inocentemente, cómo era capaz de caminar elegantemente con tantos pies. El ciempiés empezó a pensar seriamente en el asunto y, a partir de ahí, no consiguió dar ni un paso más.

Al ser un pensador “correcto” -parte importante del problema- «nuestro hombre» se decía a sí mismo que el problema del orden en el mundo era también un problema de su seguridad. Por lo tanto la respuesta no podía ser diferente de sí o no. ¡Hay orden o no hay orden!…

Aquí empeoraba el problema: si la respuesta fuera no, quedaban en cuestión la seguridad sobre su vida pasada así como los principios en que había basado sus decisiones. Como no podía admitir el no como respuesta a su propia pregunta, decidió emprender una dura búsqueda de respuestas en especialidades como la matemática, la filosofía, la lógica, la teología, algunos cultos y también en otras explicaciones del mundo de segunda categoría. Cuando parecía que una de estas especialidades tenía una solución a su pregunta, siempre aparecía un problema: para la verificación de la solución (confianza y seguridad), había que esperar que ocurriesen ciertas circunstancias que, evidentemente, sólo eran válidas cuando ocurrían de hecho.

Si antes había vivido con confianza ciega e inocencia infantil, ahora estaba obsesionado por la seguridad. Se preguntaba cómo era posible haber vivido tanto tiempo, seguro y satisfecho, sin pensar en la seguridad y certeza; cómo era posible sentirse más inseguro ahora cuando, además de sus pesquisas, tomaba medidas de seguridad concretas para eliminar los peligros que con más frecuencia podía prever.

Sus previsiones se cumplían, o no. Si no se cumplían, se sentía frustrado, pero esto no suponía ningún peligro en especial. Sin embargo, los pronósticos sobre amenazas parecían ser, de alguna manera, más fiables. Así, por ejemplo, al leer durante el desayuno que en un determinado día debía ser particularmente prudente, ya que los nacidos bajo su signo del zodíaco (unos 350 millones) estaban amenazados por algún accidente, quedó tan asustado que entornó el café sobre la mesa. Pero, como el café derramado no era suficiente para ser considerado un accidente serio, para comprobar la existencia de orden en el mundo, decidió no ir a trabajar en coche ese día. Ir a pie es ciertamente más seguro que conducir, pero, como se sabe, cada paso 13 es peligroso, por no hablar de cada escalón 13 de una escalera. Así, al dar ese paso 13 en la escalera de un paso subterráneo, tropezó y se lastimó gravemente la rodilla. Entonces sí, verificó que el horóscopo tenía razón.

Los años fueron pasando pero no el problema, que se volvió cada vez más sutil, dominante y en cierto sentido también más «respetable». Ya no era simplemente una demanda de vulgar seguridad, sino una postura más amplia en relación con el mundo y con la vida; designaba su meta con conceptos tan ambiguos, como felicidad, armonía, afinación, solución… No obstante, en determinados momentos, como escuchando música o en situaciones aparentemente triviales, experimentaba emociones positivas, algo que consideraba raro e incomprensible. ¡Qué cosa tan extraña, sin explicación ni orden!…

Más años pasaron y empezó a entenderse a sí mismo como un mecanismo de búsqueda. Hasta ese momento, ese motivo de orientación de su vida había permanecido desconocido para él, precisamente por haber estado tan involucrado en tal búsqueda. Descubierto este motivo, siguió algo que también se convirtió en un problema: «nuestro hombre» estaba buscando sin saber el qué. No sólo no sabía dónde encontrar lo que buscaba, sino que tampoco sabía lo que buscaba.
Sin embargo, acabó por entender que en cada momento de su vida a través de cada una de sus acciones, incluso algunas de lo más insignificante, estaba preguntando al mundo: ¿Es esto lo que estoy buscando? ¿Existirá otra forma de buscar aquello de lo que ni siquiera se sabe el nombre?

Permaneció siempre con las manos vacías, pero fue deduciendo que la única conclusión posible era que cada vez que encontraba algo, no era lo que estaba buscando, que aún no le había dado el nombre correcto y que no había buscado en el lugar correcto.

A veces se prometía alcanzar ciertos objetivos que muchas veces exigían años de esfuerzo, lo que le permitía realizar tareas poco comunes que le granjeaban la admiración de aquellos que lo rodeaban, pero, en el momento de llegar ahí, los objetivos no cumplían con sus expectativas. En casos como éste, es natural que aparezca un espejismo engañoso que se desvanece cuando alguien se acerca y se vuelve nuevamente atractivo tan pronto se alejan de él o lo pierden de vista.

Es muy difícil explicar de forma clara y convincente, cómo «nuestro hombre» se salvó de esta prisión. Parece que un día hubo un pequeño cambio; uno de esos cambios tan pequeños que arrastran grandes cambios. Al preguntarse si finalmente había alcanzado el objeto de sus anhelos, percibió que eso no podría ser más que un nombre dado a algo que estaba dentro de su ser y no en el mundo, y que los nombres no son más que un eco, humo. En ese momento, la separación entre él y eso, entre sujeto y objeto, desapareció, como dirían los filósofos.

Nada de lo que había estado buscando podría ser eso. Lo que el mundo no contiene, tampoco lo puede conservar, se dijo a sí mismo para su propio espanto; las palabras sonaban extrañamente llenas de significado: «Yo soy más yo que yo».

De repente, vio claramente que la búsqueda era la única razón por la cual no había encontrado nada hasta entonces.

¿Qué estamos haciendo mal los psicólogos?

Después de leer, en el blog de un conocido medio de publicación, un artículo sobre qué cosas los allegados de una persona que sufre depresión no deben hacer, me ha dado por leer los comentarios de los lectores. No voy a decir que “de todo menos bonito”, porque sería faltar a la verdad, pero que en muy buen lugar no nos dejaban. Y esto, no es algo aislado. De hecho, para algunos, «cualquiera es mejor psicólogo que un psicólogo.»

No voy a ser corporativista, porque hacer una carrera no te cualifica para ser un buen profesional. También es necesaria la experticia, “que es un grado”, la formación continua y el aprendizaje de los aciertos y de los errores. Pero sí que esa percepción común “del mundo” me ha llevado a  preguntarme: ¿Qué estamos haciendo mal los psicólogos?

Tanto lo qué hacemos, cómo lo hacemos y “la dolorosa”, está puesto en cuestión.

Empezaré por “la dolorosa”.  Quizá levante ampollas lo que voy a decir, por lo que pido anticipadamente disculpas a quien pueda molestar. Nunca he entendido por qué algunos colegas  anuncian “primera consulta gratis”. ¿A caso el médico generalista o especialista, el fisioterapeuta, el odontólogo, el abogado, el veterinario, etc. hasta el aprendiz del gurú de turno, no te la cobra?  ¿Por qué nos parece tan normal que otros profesionales cobren la primera consulta y nosotros tengamos que regalarla? ¿No nos consideramos merecedores o es una cuestión de marketing, para atraer al cliente y “engancharlo”, como con la oferta de bonos?

El tema de los bonos aún me irrita más que la primera consulta gratuita. Siempre me recuerdan a bonos para sesiones de rayos UVA, a las ofertas 3×1 del hipermercado, a los lotes de la subasta. ¿Y cómo podemos estar seguros de que nuestro cliente/paciente necesita exactamente ese 3×1,  ese lote o ese bono? ¿Y si sobra? ¿Qué hacemos con el sobrante?, ¿lo regala para que otro disfrute del remanente? Y si faltase, ¿le ofrecemos otra promoción?

¿No será más adecuado trabajar para diferenciarnos por eficacia y eficiencia, es decir, resultados perceptibles por el paciente en tiempo breve?

Cuando me piden consulta y preguntan por los honorarios, siempre tengo que “avisar” (sobre todo cuando son pacientes que ya han pasado por otros tratamientos, que son la mayoría) que yo cobro desde la primera consulta. Cobro porque sé qué hay que hacer y cómo hay que hacerlo. Con en el enfoque estratégico, ya en la primera sesión, gracias al diagnóstico operativo, intervenimos en dirección  al cambio, a la resolución del problema. Tengamos en cuenta que cuando un paciente nos visita por primera vez espera obtener un alivio de algún aspecto sintomático o de una inquietud que le atormenta. Todas las corrientes metodologicas deberian dotarse de herramientas para este fin..

Lo qué hacemos. Pues pareciera, por lo que lees en foros y escuchas “por ahí”, que no hacemos gran cosa. Simplemente trabajamos con la psique, (del griego ψυχή, psyché, «alma humana»), la entelequia que llamaba Aristóteles, la causa formal, eficiente y final de los seres vivos. Ese “algo” que no es materia pero que hace que la materia esté viva, cambie, se transforme, adquiera conocimiento y fije objetivos, presentes y futuros, que actúen como estímulo para la acción. Ese “algo” resultado de toda una red compleja de continuas interacciones y retroacciones (causalidad circular)  entre sistemas dinámicos vivos -la persona, los demás y el mundo-, que constantemente están ajustándose y adaptándose para mantener su homeostasis funcional, su equilibrio.

causalidad circularCuando ese equilibro se rompe, o es disfuncional, es nuestra labor, seas psicólogo@ escolar, social, clínico, organizacional, detectar el punto de palanca del cambio, determinar en qué parte de todo este entramado de causalidades circulares intervenir, y cómo hacerlo, para reestablecer la homeostasis “sana”.  Así de simple, así de sencillo, parece ser… la idea que está siendo transmitida por la proliferación de tanto “aprendiz de brujo”.

Pues no, yo no lo veo ni tan simple ni tan sencillo. Y puedo asegurar que no lo es. Veamos una analogía de las diferentes situaciones posibles: Cuando las luces del salpicadero de mi coche me indican que le falta líquido refrigerante, agua del limpiaparabrisas e incluso aceite del motor, sé reponérselo. Lo he visto hacer, me han enseñado y he seguido las indicaciones. Sé detectar cuando la correa del ventilador no está bien, ese ruido característico, y sé que hay que sustituirla. Quizá con un tutorial hasta sabría hacerlo, y lo haría, o algún “manitas” me echaría un cable. Pero si ya falla el cigüeñal, esa pieza fundamental del motor del coche, ahí sí que directamente al profesional, al mecánico. Ni lo sé hacer, ni me la voy a jugar con tutoriales o con amateurs.

(Pensando en voz alta, creo que esta analogía del coche, ha sido provocada por uno de mis pacientes, que una vez al año me pide consulta “para la revisión de la ITV”).

Cómo lo hacemos. Preguntar y escuchar, que no oír, es importante, como también la famosa empatía, para poder comprender el punto de vista del interlocutor o interlocutores, pero no suficiente. ¡No nos podemos quedar calzando los zapatos del otro! Son sus zapatos, no nuestros zapatos.

 preguntas dialogoIndependientemente de la corriente metodológica con la que trabajemos, tenemos que saber observar, analizar y separar la paja del grano, para detectar por dónde intervenir, siendo tan flexibles en la interacción como persuasivos en la prescripción, si queremos que nuestras indicaciones sean seguidas y que el paciente se adhiera al tratamiento que se adecúa a su caso (nuestra forma de comunicar y relacionarnos va variando en función de la persona y/o personas involucradas, el contexto y la resistencia al cambio).

Cada caso es único e irrepetible, por eso no soy partidaria de “recetas” (aunque sé que nos las demandan). Pero todo modelo debe tener herramientas para, volviendo a la analogía, revisar y “poner a punto la máquina”.

En el enfoque estratégico, con el que trabajo, hay una herramienta clave, sea en el área de salud mental, con la terapia breve estratégica, sea en el ámbito organizacional y problem solving, sea en el counseling o asesoría o bien sea en el desarrollo del potencial, que prefiero llamar trabajo en alta performance, porque va más allá de conceptos de moda como el coaching. Este elemento clave es: Intento de Solución como llamaban los “padres” del modelo, los científicos de la Escuela de Palo Alto.

Es decir, aquellas soluciones puestas en marcha para resolver un problema o para alcanzar un objetivo y  que en lugar de ayudar a alcanzar el cambio deseado, mantienen vivo el problema, obstaculizan la meta y empeoran la situación.

Dejando de poner en práctica todas esas soluciones intentadas que empeoran las cosas, la situación da un vuelco y se puede encauzar, e incluso en algunos casos hasta reestablecer la homeostasis funcional. Pero si no se llega a alcanzar el  equilibrio: pare el coche, llame a la grúa y acuda al mecánico!!

Después de toda esta disertación, quizá pueda ser útil seguir dándole vueltas: ¿Qué estamos haciendo mal los psicólogo@s?

Coaching no es terapia

coaching no es terapiaEl pasado viernes 23 de junio, durante el III Congreso Nacional de Psicoterapia, recordé, a colación del tema que se estaba tratando en una de las mesas redondas, un artículo que escribí en su día y que había dejado en el “cajón del pc”. Lo publico ahora:

Coaching no es terapia

A ciencia cierta, no sé qué es el coaching, pero lo que sí sé es que coaching no es terapia, ni asesoramiento psicológico, ni mucho menos psicoterapia.

Antes, cuando uno tenía problemas “vitales”, bien en ámbito personal, bien en el profesional, se acudía al cura, luego al psicoanalista y ahora ¡al coach!!! Pareciera, por la información que te llega de las redes y medios de comunicación, que el coach te va a ayudar a resolver todos tus problemas “humanos”.

No diré que un coach no pueda ayudar a desarrollar el potencial de una persona, el talento, trabajando con sus recursos, para alcanzar sus objetivos, su meta. Al fin y al cabo, esta es su función: entrenador –coach– del entrenamiento –coaching-. Como el entrenador de futbol que durante los entrenamientos saca los mejores recursos de sus jugadores para que ganen el partido, que juegan ellos, no el entrenador.

Y en este “juego de la vida”,  a veces ponemos en marcha intentos de solución que nos van limitando, que van incapacitando, hasta que se puede llegar a sentir y expresar frases como las que escucho a menudo en mi consulta: “ser prisionero del destino”, “incompetente”, “un fracaso humano”, “dependiente“, “el gran vacío interior”, “un caso perdido”, “falta de aire”, “frustración e impotencia”, “culpable y miserable”, “diana de los compañeros”, “ira irrefrenable”, “víctima del qué dirán”,…

Estas frases, entre otras cosas, son señales ante las cuales un coach debería prestar atención y evaluar si está delante de un caso de su competencia, y puede ayudar realmente, o si debe derivarlo a un experto del área, o sea, a un psicólogo@. Cuando las emociones comienzan a interferir de manera disfuncional en la percepción de la realidad de una persona, comienza a desencadenarse un círculo vicioso que puede terminar en patología.

En el enfoque estratégico, metodología de resolución de problemas de interacción humana, sea con uno mismo, con los demás o con el mundo, desarrollada por los investigadores de la Escuela de Palo Alto, el nivel invalidante del problema es lo que define el tipo de intervención a realizar (coaching, counseling o psicoterapia).

Cuando el problema no incapacita a la persona a llevar una vida, digamos, “normal”, y se circunscribe a un aspecto específico, se trabaja con las técnicas de problem solving para resolver el problema. Plan de carrera o promoción, problemas en los estudios, bloqueo de la performance o desempeño, fijación de objetivos, toma de decisiones, resolución de conflictos, definición de estrategias, gestión de resistencia al cambio, etc., son intervenciones a las que los alumnos del master en Comunicación y Problem Solving Estratégico (del que he sido docente y coordinadora durante varios años), les gustaba definir como coaching.

Pero también se utilizan estas técnicas de problem solving en aquello que en el mundo anglosajón llaman counseling, o lo que es lo mismo, asesoramiento, orientación psicológica que permita a la persona atender y superar sus problemas cotidianos o conflictos no invalidantes. Por ejemplo, relación padres-adolescentes; comunicación en la pareja; pautas para los cuidadores o familia de pacientes; manejo de las emociones en situaciones vitales complicadas…

coaching no es terapiaLa “alarma” debe “sonar” en la mente del profesional que se propone a ayudar, si el problema es tan intrusivo que tiende a invalidar, día a día, el espacio vital la persona, y por extensión a afectar los familiares o aquellos que le rodean habitualmente. En estas situaciones se verifica un salto de nivel no sólo cuantitativo, sino también cualitativo. El círculo vicioso disfuncional se ha instaurado y consolidado; nos encontramos frente a los trastornos mentales y el tipo de intervención adecuada para ayudar, en estos casos, es la psicoterapia. La terapia breve estratégica se centra en interrumpir los círculos viciosos patológicos de forma a poder instaurar un nuevo equilibrio sano y funcional, de forma sostenible, guiando a la persona a través de experiencias emocionales correctivas que le orienten a cambios de perspectiva que refuercen  y garanticen un recorrido seguro y progresivo hacia la deseable autonomía psicológica, de forma tan breve cuanto sea posibleSe trata de aplicar lo que ha sido científicamente probado, de forma empírico experimental, a lo largo de muchas décadas. Por supuesto, adaptándolo al caso personal y a la “originalidad” de cada paciente.

Experimentar lo que se deriva de las “enseñanzas” de ciertas pseudociencias noveles, con personas que sufren, más que una temeridad, constituye un fuerte desafío a la tolerancia ética de la sociedad actual. ¿Hasta cuándo?   

Los profesionales de ayuda tenemos que tener un alto nivel de autoexigencia, honestidad, ética y una apurada conciencia operativa para poder derivar aquellos casos que no son de nuestra competencia y evitar consecuencias que pueden ser fatales (trabajamos con personas, no con materiales que si se rompen se pueden tirar y sustituir por otros).

 

¡Basta ya!

Creo que hay pocas profesiones como la de psicólogo@ que estén sometidas a tanto intrusismo profesional. ¡Basta ya!

Ya sé que hay otras profesiones que también lo padecen, pero quizá yo lo perciba en mayor grado en mi profesión, porque me toca directamente. Lo que tengo claro es que en el caso de la psicoterapia, mucho más que la defensa de la profesión importa la defensa de los que acuden a sus servicios porque, de una forma o de otra, la vulnerabilidad suele acompañar a cualquier forma de sufrimiento humano.

¡Qué coraje cuando me llegan a consulta pacientes que han pasado por algún tipo de “predicadores” y/o “sanadores”!  Muchos llegan en circunstancias penosas, en búsqueda de una solución de último recurso. Algunos casos son tan “desesperados” que, paradójicamente, pueden hasta facilitar la adhesión al tratamiento que prescribo y aumentar la rapidez de la recuperación del paciente. Sin embargo, el hecho de resolver rápidamente ciertos casos que hasta pueden favorecer mi imagen profesional de buena psicoterapeuta, no me puede distraer de la obligación de alertar para prácticas que vienen causando verdaderos dramas humanos.

Y eso que mi modelo de trabajo sigue la línea estratégica de la Escuela de Palo Alto, caracterizada por un pensamiento “herético”,  comparado con otros modelos tradicionales/ortodoxos de psicoterapia. La terapia breve estratégica se interesa por la funcionalidad del comportamiento humano frente a los problemas, dejando a un lado teorías rígidas, normativas y deterministas.

ilusion-desilusion-depresion Los “predicadores”, los “yes, we can!”, los “piensa en positivo”, que te animan, motivan y casi jalean, son un peligro en potencia para cualquiera que busque algún tipo de ayuda psicológica. A menudo, las expectativas tan exageradas que consiguen crear, las ilusiones, como difícilmente se alcanzan, acaban por generar en la persona un desesperante sentimiento de incapacidad (“soy un inútil; me rindo, mejor acabar ya”). Y qué decir cuando esta sensación incapacitante se presenta por comparación con los miembros integrantes de un grupo que generalmente alcanza sus metas. Él que no está pasando una buena racha y no las alcanza, acaba por creer que los demás piensan que es un incapaz (“soy el hazmerreír de la empresa”).

La perniciosa secuencia: Ilusión, desilusión, depresión.

Esta es una parte oscura de la intervención de los “sanadores”, que te curan el alma, la mente, el cuerpo y el espíritu, que te devuelven la felicidad y la armonía con sus “motivadoras” y “mágicas” palabras, su imposición de manos, sus flores y aromas, alusiones abusivas al ying y al yang, sus constelaciones con tintes esotéricos, etc., etc.

Más oscura se vuelve la cosa cuando la situación de debilidad de la persona, mal enfocada desde la  incapacidad “profesional” del “sanador”,  llega a producir brotes psicóticos paranoides (“estoy amenazado de muerte en el trabajo; les he oído”) o episodios maníacos (“cuando me vengo arriba, mi comportamiento es violento. Si mi madre me dice algo que a mí no me gusta, rompo lo primero que tengo a mano”).

Después de haber tenido que tratar cuatro casos seguidos, derivados de este tipo de encuadre sanatorio, me ha venido a la cabeza la escena de la serie House, donde el médico protagonista, ingresado en un “sanatorio”, se escapa, con  la mejor intención, llevando a un paciente “desmotivado”, porque había perdido sus poderes de Superman, al túnel de viento de un parque de atracciones. De regreso al “sanatorio”, nuestro Superman que ha tenido la experiencia (artificial) de recuperar su “poder” de volar, se tira, convencido de que volaría, desde una cuarta planta.

Tan osada no seré como para decir que “predicadores” y “sanadores” actúen con mala intención, pero el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones”.

 

 

Ansiedad – 4 cosas que tienes que evitar

En las redes hay cientos de artículos aconsejando a quienes sufren de ansiedad sobre las cosas qué deben hacer para lidiar con ella, en todos los planos, el emocional, el cognitivo, el comportamental, el social y ¡hasta el nutricional!

Pues bien, yo escribiré sobre lo que NO tienes que hacer, si quieres solucionar tu problema. ¿Por qué? Porque son acciones (o inacciones) que alimentan el problema. O sea, lo empeoran. En Terapia Breve Estratégica las llamamos Soluciones Intentadas o Intentos de Solución.

Como ya he referido en otros escritos, la ansiedad es una respuesta del organismo ante estímulos, externos o internos, percibidos por el individuo como amenazantes, una señal de “alarma”, de alerta, que nos advierte de un peligro inminente y nos permite adoptar medidas para poder afrontarlo.  Cumple una función adaptativa.

Sin embargo, pasa a ser patológica cuando es demasiado intensa, o supera cierto umbral, o se generaliza más allá de la situación, evento u objeto que justifiquen una reacción de miedo.  Adquiere un carácter invasivo, dominante e incontrolable. La vida de la persona gira en torno a evitar el potencial peligro imaginario futuro. Es un miedo anticipatorio.

Si quieres mantener la ansiedad en un nivel “sano”, evita hacer las siguientes cosas, porque en caso contrario, como dije antes, estarás alimentando la ansiedad y transformándola en patológica.

Por otro lado, si tu ansiedad ya está en un nivel patológico, deja de realizarlas porque es como si avivaras las brasas de la ansiedad con un fuelle para que crezca el fuego, manteniendo no sólo vivo el problema, sino empeorándolo.

 

¿Qué evitar si tienes ansiedad?:

 

1- Evita evitar

La primera cosa que hace quien padece de ansiedad es posponer aquello que teme para evitar ser pillado por sorpresa por el “monstruo” y que las sensaciones negativas asociadas a lo temido no aparezcan ni aumenten.

Cuanto más empiezo a evitar afrontar lo que temo, más me confirmo que lo temido es peligroso y más aumento mi miedo en lugar de reducirlo. Es la trampa de la evitación: cada evitación amplifica el miedo abriendo la puerta a otra evitación. Y esta secuencia interactiva en la cual cuanto más evito, más aumenta mi miedo, más vuelvo a evitar, se va extendiendo ¡hasta llegar al punto de no ser capaz de poder salir de casa!

 

2 – Pedir ayuda

pedir ayudaAlgunas personas solicitan ayuda directamente a los demás para afrontar aquello que temen (“por favor, acompáñame porque no me encuentro bien”) y otros son tan “buenos” que se las ingenian para que parezca que la ayuda es iniciativa de los otros (“es mejor que te quedes tú en casa, que ya voy yo”).

Sin embargo, pedir ayuda a los demás funciona de la misma manera que la evitación: que siempre haya alguien dispuesto a estar conmigo, me confirma continuamente mi incapacidad para afrontar solo lo temido.

Más pido ayuda, más agravo los síntomas ansiógenos, porque más aumenta mi sensación de incapacidad.

 

3 – Controlar los síntomas fisiológicos

controlar sintomasGeneralmente, cuando uno nota los síntomas físicos de la ansiedad (palpitaciones elevadas, frecuencia cardíaca rápida, mareos, temblores, sudoración, escalofríos, sensación de ahogo, presión en el pecho, nudo en el estómago…), la tendencia es intentar reprimirlos, controlar todos los parámetros fisiológicos (“tranquilo, relájate, respira, no tiembles…”).

Pero en el momento que intentamos controlar estas sensaciones, paradójicamente, en lugar de calmarlas, más se alteran. Estos parámetros son regulados por el sistema nervioso autónomo y funcionan de manera involuntaria, espontánea, – la frecuencia respiratoria, el ritmo cardíaco, la sudoración, el sentido del equilibrio, la tensión muscular, etc.

Cuanto más intentamos controlarlos, más los desencadenamos.

 

4 – Socializar el problema

socializarEs muy común que las personas que sufren de ansiedad tengan la idea ilusoria de “cuanto más hablo de mi problema, más se me pasa”; así que socializan sus temores con los demás (lo comentan con su entorno más cercano, ¡y a veces no tan cercano!).

Sin embargo, y creo que ya lo habrás notado si padeces ansiedad, cuanto más hablo de mi ansiedad, más la amplifico, más la hago crecer porque los demás procuran tranquilizarme, reasegurarme. Si continuamente me intentan tranquilizar, más me voy convenciendo de que hay realmente un peligro. Con la mejor intención, quienes me rodean dándome su apoyo, alimentan más aún mis temores.

Aunque el “juego” no acaba aquí: no sólo estoy más asustado cuando los demás intentan tranquilizarme, sino que me siento más incapaz. Porque me doy cuenta de que tengo miedo de algo que los demás parecen no tener. Así que, si pedir ayuda es avivar el fuego, socializar el problema, es echarle gasolina.

 

Si puedes evitar estas cuatro cosas, notarás en breve la mejoría, e incluso puede llegar hasta la desaparición del problema.

 

Si no es así, acude a un profesional, a un psicólog@ psicoterapeuta, que te enseñe cómo bloquear estos intentos de solución, que no funcionan, para que seas tú quien pase a manejar al “monstruo”.

 

Y si el profesional te puede garantizar resultados en tiempo breve, como un psicoterapeuta estratégico, pues mejor que mejor, porque la ansiedad puede llegar a ser un trastorno invalidante pero que puede resolverse sin necesidad de fármacos.

 

 

Hablando con la locura

hablando con la locuraEn uno de mis posts, comentaba cómo la estructura de los problemas (cómo funcionan y qué los mantienen vivos en el presente), el círculo vicioso se repite, lo cual ha permitido a la Terapia Breve Estratégica desarrollar protocolos de intervención para cada tipo de trastorno.

Tener protocolos, es una gran ventaja, pero no es suficiente para garantizar el éxito de la terapia. Es necesario adaptarlos a la “originalidad” del paciente, a sus particularidades y a su contexto. Es decir, la aplicación de las maniobras, de las prescripciones, varía de caso a caso, a fin de que el paciente nos siga y se adhiera al tratamiento. Como decía Milton Erickson, cada terapia tiene que ser original.

Dos elementos son claves en este nivel aplicativo de la estrategia de solución, que todo buen terapeuta estratégico tiene que manejar:

  1. La relación, o lo que es lo mismo, gestionar la resistencia al cambio (aspecto del que ya hable también en otro post).
  2. La comunicación persuasiva, el sintonizar con la lógica del paciente para cautivarlo y persuadirlo a cambiar.

Tengo que confesarlo, disfruto hablando con la “locura” y cuanto más bizarra, mejor; te permite dar rienda suelta a la imaginación, a la creatividad.

Recuerdo aquel joven que sólo salía por las noches porque le angustiaba la fealdad de la realidad, pero más le angustiaba que su familia le forzara a salir de día para contemplar la belleza del mundo. La forma de establecer la sintonía empezó con una frase: “Pero chico, si tú ves bien, el mundo es feo. Mira las calles, llenas de cacas de pájaro y perros, escupitajos, el olor pestilente de los sumideros, las hojas muertas en las aceras…”.

O aquel adolescente con la mano escayolada por partirse los nudillos descargando su rabia contra una pared de piedra; “soy Leónidas contra Jerges” me dijo; “bien Leónidas, como buen espartano, la próxima vez que tengas un arrebato de rabia, tendrás que sacrificar tu otra mano y golpear fuerte con ella contra la pared”, le contesté (había que ver los ojos desorbitados de su madre ante mi sugerencia).

O el caso de la persona que se quedaba bloqueada con determinadas sílabas, incapaz de pronunciarlasporque no consigo construir la sílaba en mi cabeza; me dicen que no lo piense, pero no puedo dejar de pensar en cómo construir la sílaba”. Aquí la cosa ya ha tenido que ser un poco más elaborada: “Pero si tienes uno de los mejores recursos, ¡aprovechémoslo!. Tienes que pensar cómo se construye cada una de las letras y cada uno de los fonemas que componen la sílaba; así estaremos usando el hemisferio izquierdo y el hemisferio derecho, que se unirán para dar sonido a la sílaba, tú problema es que estás construyendo la casa por el tejado: vas directamente a la sílaba, saltándote el paso previo, las letras y fonemas”.

O la tricotilomanía “evolucionada”, donde el placer es comerse el bulbo del pelo arrancado (y no el mero hecho de esa fina línea donde el dolor se convierte en placer).  La conversación inicial: Terapeuta: “¿Te comes todos los bulbos o seleccionas el pelo que vas a arrancarte para comerte el bulbo?” Paciente: “No, no, lo selecciono. Me arranco los pelos más gordos, porque tienen un bulbo más gordito, aunque ya me quedan pocos o ninguno; me cuesta encontrarlos”. Terapeuta: “Qué pena, porque ciertamente los bulbos de pelo de elefante, como les llamo yo, son más sabrosos”.

Podría seguir enrollándome con cientos de casos, porque como dije, disfruto hablando con la “locura”. No hablo con “pepito, Juanito o menganito”; como digo a mis alumnos, un terapeuta estratégico habla con el sistema perceptivo-reactivo, con la manera como la persona percibe la realidad y reacciona ante ella, es decir, el significado atribuido a la realidad percibida (realidad de segundo orden como le llamaba Paul Watzlawick) conlleva a actuar, reaccionar, en el caso de los trastornos psíquicos, de manera disfuncional.

Hablar con el sistema perceptivo-reactivo permite hacer sentir al paciente que lo comprendes (“¡por fin alguien me entiende!” te explicitan muchos), que estás en su misma lógica de pensamiento, que sabes de lo que hablas, que conoces del tema y eres experto, predisponiendo de este modo al paciente a ir aceptando las reestructuraciones perceptivas (nuevos puntos de vista, nuevos significados para esa realidad percibida) hasta adherirse a la prescripción.

 

“Sólo esto” ya es más de medio camino hecho para aliviar el sufrimiento de muchos. Por eso se trata de una terapia breve.

 

Realidad Virtual y Psicoterapia

realidad virtual y psicoterapiaDebatía el otro día acerca de la utilidad en psicoterapia de las gafas de realidad virtual. Me argumentaban que los tiempos van cambiando, los estilos de vida van cambiando, la cultura e intereses van cambiando, etc., y que debíamos, nosotros psicoterapeutas, adaptarnos si no queríamos “morir”.

Y si es cierto que las cosas van cambiando (creo que era Heráclito quien decía que “lo único constante es el cambio”), también es cierto que la estructura de los problemas “mentales” permanece igual. Ya desde los albores de la Terapia Breve Estratégica, allá por inicio de los 50 del siglo pasado, el equipo de investigadores y científicos de la Escuela de Palo Ato, creadores de este enfoque, se centraron en conocer cómo funciona un problema y qué lo mantiene persistente en el presente. La continuidad y evolución de estas investigaciones ha permitido desarrollar protocolos de intervención, soluciones, para cada tipo de trastorno porque, aunque cada caso sea particular y original, la estructura del problema se repite.

Retomo el ejemplo que me colocaban en el debate mantenido sobre las gafas “virtuales”. Se trataba de una persona que tiene miedo a volar. Me decían que la realidad virtual puede ser muy útil como herramienta de desensibilización sistemática (técnica basada en el condicionamiento clásico desarrollada por Joseph Wolpe, en los años 50 del siglo XX, que consiste en la exposición gradual al estímulo que desencadena el miedo). Subrayaban su aplicación para los casos en los cuales la persona nunca ha viajado en avión y no ha vivido una fuerte experiencia que le desencadene el miedo.

Bien, no diré que no puedan ser válidas las “gafas virtuales” como medida de exposición a la situación temida, pero ¿y el salto de la realidad virtual a la realidad real?

Miles de cosas pueden pasar por la cabeza de aquellos que tienen miedo al avión que les impide afrontar la situación, hayan vivido, o no, una experiencia desagradable volando. (Un inciso: tiene “gracia” que la mayor parte de las fobias se forman a partir de imaginar que se pueda vivir lo temido o que pueda suceder, no de vivir un evento real). Sin embargo, en lo que sí convergen todos los fóbicos es en evitar la situación real que les da pavor.

Cuando lo evitan, inicialmente se encuentran mejor porque no han tenido que afrontar la situación, pero por desgracia esto les confirma que si hubiesen afrontado habrían estado mal, con lo cual, vuelven a evitar. Y cuanto más evitan, más confirman que es “peligroso”, más aumentan su miedo y más vuelven a evitar. Cayeron en un círculo vicioso, en la trampa de la evitación: cuanto más evito, más aumenta el miedo.

Y esta es la estructura del problema que se mantiene constante hoy, siglo XXl, tal como décadas atrás: la solución intentada de evitar paradójicamente amplifica el miedo. Lo que varía es la aplicación de la solución, una prescripción que se adapte a la “originalidad” del paciente y facilite su adhesión al tratamiento (tema que ya da para hablar, y mucho, en otro post).

La cuestión es: ¿será que la realidad virtual podrá llegar a producir la misma experiencia emocional correctiva que la vivencia real o simplemente puede servir como complemento terapéutico?

Depresión: incapacidad para gestionar los efectos colaterales

depresionIba a comenzar con el famoso refrán de “la primavera, la sangre altera” y desmitificar la también famosa “astenia primaveral”, que al fin y al cabo no es más que consecuencia del proceso de adaptación de nuestro organismo a las nuevas condiciones ambientales, pero las duras sesiones de estos días (“yo he visto cosas que vosotros nunca creeríais” como el replicante Roy Batty de Blade Runner), me han hecho cambiar de idea.

La depresión ha entrado “a saco” en mi consulta. O, más correcto, es decir REACCIÓN DEPRESIVA.  Para la Terapia Breve Estratégica, la depresión es una reacción al fracaso, a la incapacidad de la persona para enfrentar un problema.

El enfoque médico-biologicista, refiere que es debida a niveles bajos de serotonina (cuando un paciente viene y me cuenta que su médico o psiquiatra le ha dicho que tiene los niveles bajos de serotonina, siempre le pregunto: ¿cómo te lo han medido?, ¿qué nivel tienes? Su respuesta: “no lo sé”.  Alguno dirá, sí, se puede medir indirectamente a través de las plaquetas sanguíneas. Pues eso, indirectamente; no se ha demostrado ser directamente proporcional a los niveles de serotonina en el cerebro).

Si, parece existir una correlación entre la serotonina y el estado de ánimo. ¿Pero qué es lo primero?: ¿la falta de serotonina que provoca el bajo estado de ánimo o el bajo estado de ánimo que provoca la bajada del nivel de serotonina? (cuánto me acuerdo de Marisol, la profesora de psicología conductual y su referencia a William James: ¿es el dedo el que aprieta el gatillo del revolver o es el gatillo del revolver que incita al dedo a apretar?)

Una de las premisas básicas de la terapia breve es la causalidad circular, es decir, el efecto se vuelve causa de la causa inicial y así sucesivamente; se van retroalimentando. Y claro, en este escenario es difícil saber qué fue primero, si el huevo o la gallina.

Y aun siendo éste el escenario, cada vez con más frecuencia, en correspondencia con períodos donde la persona se muestra más triste, pesimista, desmoralizada, abúlica, apática, solitaria, desesperanzada, agotada, angustiada, irritable, fatigada…, los médicos de atención primaria diagnostican depresión con su correspondiente prescripción de fármacos (y con “suerte”, posterior derivación al psiquiatra, que continuará con los fármacos y, quizá, remita al psicólogo clínico).

La psicoterapia estratégica decide abordar el problema por otro extremo de este círculo vicioso. Los problemas de los hombres son el producto de un modo de percepción y reacción disfuncional hacia la realidad. En la interacción entre la persona y la realidad, para resolver su situación, la persona pone en marcha soluciones que alimentan el problema (o sea, soluciones intentadas porque no resuelven, sino que lo mantienen vivo).

Como referí antes, para el enfoque estratégico la depresión, en la mayoría de los casos, es REACTIVA, o a un evento acontecido en un momento concreto o a otro tipo de trastorno. Es por esto que podríamos decir que la depresión es un síntoma, o al menos una reacción a la incapacidad para hacer frente y gestionar los efectos colaterales de un problema. La persona hace y hace cosas para salir de su situación, pero más hace más se va hundiendo porque nada funciona. Hasta que llega el punto de creer que ya no puede hacer nada más, que ya lo ha intentado todo, y se rinde, RENUNCIA.

El depresivo es el Iluso desilusionado: creía que podría, pero soy un incapaz, o ya no soy capaz, o me han decepcionado, o el mundo es injusto. Como ha dicho Joanne Rowling, autora de Harry Potter, “estamos unidos con hilos invisibles a nuestros temores. Somos el títere y el titiritero, víctimas de nuestras expectativas.

Aparenta ser oscura la atmósfera descrita, pero parafraseando a Stephen Hawking, que recientemente nos ha dejado, “los agujeros negros no son las cárceles eternas que se pensaba que eran. De un agujero negro pueden salir cosas, hacia el exterior y, posiblemente, hacia otro universo. Así que si sientes que estás en un agujero negro, no te rindas; hay una salida… “.

Mi recomendación, terapéutica evidentemente: prevé los efectos colaterales de tus acciones y baja un poquito tus expectativas.

 

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