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La Familia Terapéutica

familia grupoHabitualmente, en el ámbito terapéutico, se habla de la familia como un espacio social en el cual se dan las condiciones para que se desarrollen determinadas interacciones perturbadoras para una o más personas, y en la cual, por lo tanto, también se pueden reunir las condiciones para resolver estas perturbaciones. De ahí, resumidamente, proviene la llamada terapia familiar que es por algunos también conocida como terapia sistémica, porque actúa en el sistema familiar.

De lo que no se habla tanto, y es desconocido por una buena parte de las personas, es la posibilidad de que un familiar ejecute el rol de terapeuta. Y cuando me refiero a un familiar puedo hacerlo extensivo a quienes no sean estrictamente familiares, considerando el tradicional concepto de familia, pero que convivan y puedan ejercer algún tipo de influencia en quien supuestamente necesita terapia. En algunos casos esto puede servir de complemento a las sesiones terapéuticas regulares propiamente dichas, pero en otros casos, el familiar puede funcionar como terapeuta orientado por un psicólogo que esté preparado, experimentado y formado en un enfoque que contemple la terapia indirecta.

Siempre es deseable que la persona (paciente) en cuestión considere o reconozca que necesita ayuda y se dirija voluntariamente a la consulta del psicólogo(a), pero existen situaciones, por diversos motivos, en que eso no es posible. Para la terapia breve estratégica existe un caso en que la terapia indirecta es una regla o un requerimiento: es la terapia infantil. No existe terapeuta más recomendado para un niño que sus padres, o en su defecto, sus tutores. Los niños confían más en sus padres que en un extraño, y además se evita crear más problemas en el menor (“si me llevan al psicólogo es que algo malo me ocurre”). Es evidente que esa terapia indirecta con los infantes debe ser dirigida por un terapeuta con la experiencia que le corresponde, pero es también posible ejecutar este tipo de intervención indirecta en otros casos en que el paciente no puede, o no quiere, acudir directamente al terapeuta.

Evidentemente no se puede generalizar, ni tomar este aspecto terapéutico como una norma para determinados tipos de casos, siendo necesario que los familiares y el terapeuta evalúen conjuntamente la pertinencia, su disponibilidad y capacidad para actuar de esta forma. Para algunas personas esto podrá ser percibido como un reto demasiado ambicioso, pero, siguiendo el procedimiento habitual en la terapia breve estratégica, todo empieza por pequeños pasos. Esto puede parecer una paradoja, pero es exactamente empezando por pequeños pasos que se consigue aumentar la rapidez de la terapia que, por eso, se llama breve. La principal razón, entre otras, es no hacer emerger la resistencia al cambio que es una reacción natural de todo el ser humano a quien se le “invita” a salir de su zona de “confort”.

Exceptuando el caso de la terapia infantil, que debe ser integralmente realizada a través de los padres, en los demás casos, el primer pequeño paso del familiar orientado por el terapeuta se enfoca en la forma de facilitar, tanto como sea posible, que la persona acepte acudir directamente a consulta. Para los que esto les puede parecer una tarea épica, es importante asegurarles que no se les pedirá nada que les sea imposible y mucho menos un sacrificio superior a lo que ya supone la situación que sufren, directa o indirectamente.

En líneas generales, el principal vehículo terapéutico en el enfoque breve estratégico es la comunicación y en ella incidirá la preparación y orientación del psicoterapeuta a los familiare(s) terapeuta(s). No sería adecuado ni práctico describir en estas líneas todas las estrategias y correspondientes tácticas posibles de utilizar en terapia indirecta, porque han de adaptarse a las características específicas del problema, las personas implicadas y el contexto. Sin embargo, existen numerosas evidencias y casos prácticos de éxito con la intervención orientada de familiares. No se puede entender como una regla, pero es una opción, que debe ser evaluada siempre de forma conjunta con el psicólogo(a). No nos olvidemos que, si un “potencial” paciente sufre, su entorno familiar sufre proporcionalmente y deben ser consideradas todas las alternativas terapéuticas para que tal sufrimiento disminuya.

Un terapeuta estratégico debe tener siempre presente lo que Heinz Von Foerster designaba como su imperativo ético:

“Actuar siempre de forma a aumentar el número de alternativas”.    

 

 

Ayúdame…¡pero te lo pondré difícil!

Esta frase, ayúdame a cambiar, pero te lo podré difícil, es un mensaje que siempre está presente en consulta, unas veces de forma explícita (sin ir más lejos, la semana pasada ha sido la tónica en mi trabajo) y otras veces implícitamente.

El “cámbiame sin cambiarme”, o lo que es lo mismo, la resistencia al cambio, es una característica inherente a todo ser humano que toma la decisión de cambiar (y subrayo “decisión” porque muchos dicen estar en constante evolución, pero ellos no deciden cambiar, sino que son arrastrados por el cambio del entorno y se van adaptando a ello).

El paciente ya ha dado su “primer pequeño paso”, como decía Lao Tsé. La labor del terapeuta es sortear la resistencia si quiere conseguir tanto una alianza terapéutica como la adhesión al tratamiento.

Los fundamentos de la terapia breve estratégica nos ayudan a detectar el tipo de resistencia al cambio y utilizarla a favor de la terapia, ya desde la primera sesión (y claro, esto influye sustancialmente, en que sea una terapia en tiempo breve).

Algunos enfoques psicoterapéuticos podrán tener una larga tipología de resistencia al cambio; la terapia estratégica utiliza un reductor de complejidad que nos facilita operar en la complejidad de la realidad del paciente, dejando así en  4 los tipos de resistencia:

  • El colaborador aparente:

Quiere cambiar pero no sabe qué tiene que hacer. Como el caso de los padres que hiper-protegen a sus hijos al tiempo que esperan que sean autónomos. La explicación de que mimarle demasiado puede perjudicar al niño convirtiéndolo en incapaz, la comprenden desde un punto de vista cognitivo y ponen en práctica las tareas. Evidente que vamos midiendo que siguen estas indicaciones directas, para cerciorarnos que es un colaborador.

  • El que quiere cambiar, pero no puede:

Sabe qué tendría que hacer, pero no puede hacerlo porque un bloqueo emocional se lo impide. Por ejemplo, todos los fóbicos saben que si afrontasen su miedo, éste desaparecería, pero no pueden hacerlo. Por este motivo, no les podemos solicitar de forma directa que lo afronten. Sin embargo, si desplazamos su atención para que lo afronte sin darse cuenta, desbloqueamos su bloqueo emocional.

  • El opositor:

No quiere salir de su zona, digamos, de confort, aun limitándole los riesgos. Su zona la conoce, la domina, la controla y cuando ha salido, se ha sentido desprotegido, sin armas, por eso regresa a su refugio, colocándote los mil y un “sí, pero”, sin darse cuenta de que su refugio se ha convertido en su prisión. Me vienen a la cabeza las anoréxicas y los obsesivos (compulsivos o no), que te retan, desafían y desconfían de tus competencias. Hay que usar el mismo tipo de resistencia contra la resistencia principal, pero sin intentar convencerlo: si él duda, yo dudo más de que él sea capaz de hacer nada por mejorar.

  • Ni colabora, ni se opone:

No sabe si puede ni si quiere debido a una “hiper-rigidez” de su visión de la realidad: todo lo que no encaja en su percepción, no existe. No hay más puntos de vista, sólo el suyo es el único, real y verdadero. Es decir, una creencia que no podemos eliminar, como en los celos patológicos, que cuanto más intentamos convencer de que son ideas “paranoicas”, más le damos argumentos a la creencia para crecer. Hay que meterse en su punto de vista, en su “novela”, y añadir algo diferente que le lleve a descubrir otra realidad.

 

La teoría parece fácil, pero para alcanzar un alto desempeño como terapeutas, ser más eficaces y más eficientes, como en cualquier otra profesión de ayuda, hay que entrenar y ser constantes en aplicar las técnicas de comunicación que nos permiten manejar, sortear, eludir la resistencia. Como dijo Antonio Gades, “no hay arte sin disciplina, ni disciplina sin sacrificio”.

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